sábado, 24 de junio de 2017

MICRORRELATOS: SECUELA, EQUIVOCACIÓN Y DESCONTROL VIRTUAL

SECUELA


Sabes que te perseguiré adondequiera que vayas. Puedes llorar, gritar y solicitar clemencia, pero tú y yo sabemos que va a ser inútil. Está en tu esencia y en la mía; jugar al gato y al ratón. Vamos, cierra los ojos. O vete a esconderte. ¡Qué ingenuo! Eres como esas marionetas absurdas que se manejan con una mano. Y ahora escúchame bien: esta noche es nuestra noche. Solo tienes que seguir mis instrucciones. Cuando el guarda te de la espalda, sacarás los brazos por los barrotes y le ahogarás. Cogerás las llaves, abrirás la celda y huiremos.
Volveremos al hogar, al motel. Pero esta vez lo haremos mejor. No estoy dispuesta a que todo nuestro amor se reduzca al adictivo suspense de una película llamada Psicosis. Mientras no hubo mujeres todo fue perfecto. No esperaremos a que se metan en la ducha. Las invitaremos a cenar a nuestra casa de la colina y todo acabará en unas horas.
Norman, escúchame. Soy tu madre, ¿recuerdas?

Finalista en el III Concurso de Microrrelatos de Terror del Festival de Sabadell organizado por Librerío de la Plata, con la obra Secuela.



EQUIVOCACIÓN



¡Oh, señor!, ¿por qué me haces esto...?
No hay nada peor que despertarse de repente y percatarse de que una es alguien completamente diferente a lo que imaginaba. Que mis diminutas e inservibles piernecillas que tenían que ser el sustento de mi vida, no tenían ninguna discapacidad ni tara. ¿Cuántas veces he intentado saltar de aquí para allá, para después quedarme en el suelo patas arriba sin el premio soñado? Qué desdicha observar que no encajas en el grupo. Víctima del desprecio de los demás, lo achaqué a algún desastre congénito en mi cuerpo, quizás ese aspecto atocinado y achaparrado que intuía, algo que los demás podían ver, pero yo desdichada de mí… Qué impotencia sentir que, mientras el resto rebosa orgullo y felicidad y sobre todo esa autosuficiencia, una está perdida, cada vez más floja y necesitada de nutrientes.
Y entonces me envías un mensaje, señor, ¡en forma de espejo!, y me miro en él y todo adquiere sentido. Soy de otro país que el vuestro, como decía aquel, de otra soledad. La historia se repite. Me recuerda a un relato donde al final nada es lo que parece. No soy una pulga, señor. ¡Soy una garrapata! Y tengo que buscar otros aires, otros ámbitos. El huésped perfecto donde meter la cabeza.



DESCONTROL VIRTUAL



Estaba en la sección de refrigerados a punto de coger los yogures. Algo vibró; mi app de actividad física me informaba de que estaba a punto de batir el record de pasos diarios. Subí la foto del smartwatch a las redes con la intención de aumentar los likes. En el aparcamiento, el coche me reconoció, abrió la puerta del conductor y arrancó. Poco después ocurrió el accidente: la nevera envió un email al asistente de conducción comunicando que los yogures estaban a punto de caducar. El coche frenó en seco y se produjo el choque en cadena.
  
Finalista en el III Concurso de Microrrelatos Científicos organizados por la Fundación Aquae e incluido en un recopilatorio digital, con la obra Descontrol Virtual.




martes, 20 de junio de 2017

SERIE: THE LEFTOVERS


THE LEFTOVERS (2013-2017)

Tres temporadas. HBO





Ya tenía ganas de sumergirme en alguna serie norteamericana que me enganchara de verdad. Y es que las últimas que había visto de HBO (en un tiempo, mi canal favorito) aunque entretenidas, no me han dejado la sensación que me dejaron las memorables Los Soprano, The wire, A dos metros bajo tierra, Boardwalk Empire, Carnivale (injustamente cancelada), Deadwood (injustamente cancelada), etc. O la maravillosa The Knick emitida por el canal Cinemax.

Últimamente he visto varias de la BBC bastante buenas: Sherlock,  Happy Valley, Luther y otras que mi memoria no recuerda. También en Neftlix las últimas han sido bastante interesantes: Stranger Things, Black Mirror (con algunos capítulos magistrales) y la irregular Por trece razones.




Pero como comentaba, en HBO, a pesar de la popular y grandiosa Juego de tronos, hacía tiempo que no me ocurría lo que me ha sucedido con The leftovers, y que me hace recordar otra vez lo que bastante gente ya ha dicho hasta la saciedad: que actualmente mucho del mejor “cine” está en las series norteamericanas.

Como buena historia, es difícil de catalogar y aunque su sinopsis nos puede llevar a equívocos, no estamos ante una obra de ciencia ficción, aunque sí que tiene toques inquietantes y hechos sobrenaturales que se escapan al raciocinio.




La acción se sitúa tres años después de un hecho que ha conmovido a la humanidad: un 14 de octubre el 2% de la población desapareció (la Marcha Repentina) sin dejar rastro. Aquello provocó múltiples consecuencias en la sociedad que no supo o no pudo reaccionar ante tal descoloque. La serie nos cuenta las vidas de varias personas que directa o directamente sufrieron los estragos de este día devastador:

Un policía con graves desequilibrios mentales cuya existencia está al borde del naufragio, una mujer que ha perdido a toda su familia (marido e hijos), una madre que ante el rumbo que está tomando su vida y el shock que le produce el suceso, se introduce en una secta espeluznante, y algunos más.




Precisamente esta secta, Remanente Culpable, tendrá mucho peso en la historia, con unos personajes vestidos de blanco, fumadores y silenciosos, que realmente provocan pavor y cuya razón de ser es recordar a todo el mundo lo que pasó para que nadie olvide. Esta misión la llevarán acabo de formas cuanto menos aterradoras.

Uno de los aciertos de la serie es que no se centra en el porqué de las desapariciones sino en las consecuencias que sufren  los que se quedan. Tras un inicio desconcertante en el que nos cuesta encajar algunas piezas en el puzzle, el asunto comienza a brillar de una manera increíble. En ese sentido, es de una intensidad emocionante (sobre todo a partir del cuarto-quinto capítulo) ya que  rasca en lo más profundo del alma humana hasta hacerla sangrar.




Es una serie arriesgada, ambigua y rara, un drama inquietante sobre la pérdida con un excepcional guión, oscura y mágica, interpretada por actores desconocidos (salvo el genial Scott Glenn y Liv Tyler) pero en estado de gracia y en la que no paramos de pensar y de acercarnos al dolor de sus protagonistas. Después de estas últimas palabras sobra decir que no es para todo el mundo, a mi entender.

También merece una mención especial la gran banda sonora que la acompaña y cuyo responsable es Max Richter.




Y por último, hay que decir que está escrita por Damon Lindelof, uno de los creadores de Perdidos, esa serie tramposa que a muchos nos enganchó al principio para después darnos una patada tras otra hasta el desastre final. Pero no nos engañemos, esto no parece tener nada que ver con Lost, y aunque todavía no he llegado al final, creo que estamos ante un gran descubrimiento.


viernes, 16 de junio de 2017

RELATO: EL REPOSO







Respecto al mal llamado bar El Reposo, existe una superstición muy arraigada entre los lugareños (otros creen que es una certidumbre contrastada y corroborada por los muchos viajeros que se aventuran por esos mundos de Dios): lo que pasa en El Reposo, te persigue de por vida hasta la muerte. Siendo una triste cantina, ¿qué te puede pasar?, se preguntó Elisa. Aventurera y espeleóloga de profesión, había recalado allí atraída por historias de cavidades naturales espectaculares, y por una fauna y flora especialmente particular.

El primer cartel que encontró al llegar al pueblo no fue Bienvenido a Retuécanos como sería lo habitual a la entrada de cualquier localidad, sino uno de advertencia: Forasteros: no entren al Reposo (solo para residentes).

¡Pero, cómo podía ser eso! Elisa era un ser sociable por naturaleza. Esa hostilidad gratuita e incluso extravagante era algo nuevo para ella. Siempre había sentido esa amabilidad y cordialidad de las gentes que, poco acostumbradas a las visitas, se desvivían por atender al de fuera.

No hay nada más excitante para un cerebro juguetón que una prohibición. Su reacción será la trasgresión inmediata. Con una rabia contenida casi inaudita en ella,  abrió las puertas del antiguo oeste del Reposo con una impostada tranquilidad. Se dirigió a la barra. A su mente vino la escena de algún western protagonizado por John Wayne: el protagonista, considerado un renegado y obligado a exiliarse por alguna injusticia, vuelve a sus raíces en busca de venganza. Enseguida los hombres y mujeres allí presentes sumergieron al local en un tenso silencio y giraron sus cabezas hacia ella. "Un whisky," pidió, "¿seguro?" preguntó el barman, "por supuesto" respondió. Y sin embargo no estaba segura. No bebía alcohol, su idea era tomar un botellín de agua mineral, pero en ese momento las palabras emergieron de su boca como sin querer. No había otra, un whisky tenía que ser, o dos, o tres…

La música comenzó de nuevo y con ella el ajetreo de un bar que parecía tener sus propias normas: jugadas de cartas con pistolas sobre la mesa, mujeres que tiraban baldes de agua a los borrachos desde el segundo piso y niños atendiendo detrás de la barra.

Con un ligero mareo y cansada de pedir un vaso tras otro, se hizo con una botella y fue a sentarse a una mesa aislada del resto. Comenzó a sonreír de forma irónica a los que la miraban mientras les invitaba a un trago con un gesto de botella.

—En un sitio como este no es bueno que a una la vean beber sola. —Era una voz grave y aguardentosa.

—¿Sola? —acertó a decir.

—Implica que hay una rabia dentro, que se está buscando una vía de escape. Una ira que pronto puede derivar en algo desagradable. Entonces la gente se adelanta y le puede acarrear más de un problema, ¿sabe usted?

A pesar de que todavía no le había visto la cara al hombre, aquel ¿sabe usted? le pareció encantador. Si supiera el pobre que aquella ingesta etílica masiva se debía a un orgullo insensato y malentendido…

—¿Viene a socorrerme? —Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con él.

—Vengo a aconsejarle.

Pelo negro, ojos profundos y vidriosos, tez curtida y viajada.

—Parece conocer muchos sitios cómo este…

—No lo sabe usted bien señora. —Otra vez aquel sabe usted.

—Beba conmigo entonces. —sentenció.

El desconocido se sentó enfrente y ella le deslizó un vaso. Se lo llenó derramando la mitad y luego se sirvió. Hicieron un brindis y bebieron. Se miraron uno segundos. Y otra vez el mismo ritual.

—¿Seguro que quiere seguir, señora? —La contempló con dulzura, ella sintió un pinchazo en el corazón.

Se oyó un ruido y alguien cayó por las escaleras desde el segundo piso. No se inmutaron. Después volaron sillas detrás pero tampoco pestañearon.

Cuando llevaban unas diez rondas, Elisa le miró y ladeo la cabeza como para escrutarle mejor:

—Me gustaría subir con usted a una de las habitaciones, si no le importa, antes de caerme redonda. Solo si le interesa, claro.

Él se puso de pie de un salto. Ella hizo lo propio como un resorte.

—No solo me interesa, creo que es la mejor opción dadas las circunstancias —dijo mirando de soslayo el desastre que se estaba produciendo alrededor.

El desconocido le cogió de la mano y subieron las escaleras sorteando cuerpos desmayados y botellas rotas.

Una mujer con corsé, pololos y abanico les atendió tras una pequeña mesa que estaba plantada de manera surrealista al inicio del pasillo:

—¿Te doy la de siempre, amigo? —le dijo al hombre.

—Por ejemplo.

Elisa le observaba con gesto bobalicón.

—Ya veo que no es la primera vez que sube al segundo piso.

—Con una mujer sí.

Ella se paró, le tiró del brazo y cuando él se dio la vuelta, le besó con fruición.



No te muevas por favor, déjame a mí…



Amanecía un día que prometía ser espectacular. Elisa estaba sentada en los escalones que había fuera del Reposo, con una camisa tres tallas más grande y un dolor de cabeza insoportable. Las puertas del bar estaban ya cerradas a cal y canto y no había indicios de vida en la calle. A  su lado, su equipo de espeleología  permanecía incomprensiblemente intacto.

—Así que cuevas, ¿eh? Sígueme.

Alzó la cabeza. Ahí estaba él, imperturbable, apoyado con cierta desgana en el amarradero de los caballos.

Anduvieron unos tres kilómetros hasta una tierra despoblada. Las enormes rocas que sobresalían en el paisaje indicaban la existencia de numerosas grutas. Unos cuantos alcornoques salpicaban el terreno.

—Ahí las tienes, seguro que te gustarán. Yo te espero aquí, hay animales cerca, te podrían destrozar los aperos y las cuerdas. Luego me dirás por donde seguimos.

Elisa no podía más que mirarle anonadada y maravillada. "Lo que sucede en El Reposo te persigue hasta la muerte...," pensó. Pero nadie dijo que tuviera que ser algo malo, ¿verdad?


domingo, 11 de junio de 2017

RELATO: LA ESPERA



Hace poco estuvimos en Huesca y visitamos la maravillosa estación de Canfranc situada en el corazón de los Pirineos, y que se inauguró como estación internacional en el año 1928 para unir Francia y España. Actualmente no cumple su cometido, aunque quién sabe si algún día recuperará su esplendor perdido. En cualquier caso es curioso este edificio en medio de las montañas. Me sirvió como inspiración para este breve relato.




LA ESPERA



"Espérame en la Estación de Canfranc". Era todo cuanto decía la nota. ¿Por qué Canfranc? ¿Tendría previsto pasar a Francia? Una locura. Él tenía que trabajar. Pero así era Amélie, un sinsentido constante, una excentricidad deliciosa, un aturullamiento que él, conscientemente, había elegido entre lo más selecto y extravagante del país vecino. Y allí estaba Pablo, puntual en la estación. Recordaba Canfranc, habían estado allí varias veces, la primera de ellas cuando fue inaugurada por el rey Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa.

Corría el año 1931, concretamente el mes de septiembre, pero a esa altitud el fresco desaparecía pronto para dejar paso a la más heladora de las sensaciones. "Atravesar los Pirineos en tren, ¿no te parece algo idílico?" Había dicho Amélie muchas veces. Pero Amélie, la de las frases grandilocuentes, la pasión hecha realidad, era de una impuntualidad inaguantable.

Intentando matar el tiempo se dirigió a la biblioteca de la estación, y allí se quedó sentando hojeando un libro. Pasaron minutos que parecían horas y su compañera seguía sin aparecer. Escuchó unos gritos y después un estruendo no muy lejos de allí. 

Todo comenzó muy rápido; nadie supo cómo. El incendio se originó en el vestíbulo y pronto alcanzó varias estancias, entre ellas el restaurante. Afortunadamente Pablo, aunque se encontraba en el lugar afectado, logró salir ileso y fue atendido inmediatamente por los servicios sanitarios. También auxilió a otras personas que víctimas de la ansiedad y la falta de oxigeno necesitaban mascarillas. Cuando todo se calmó, por primera vez fue consciente de que Amélie seguía sin dar señales. ¿Se habría dado la vuelta al ver tanto alboroto? No…, ella no le habría dejado allí sin más. Era una mujer valiente, admirable, habría hecho lo inimaginable por encontrarle. No tenía a su disposición ningún teléfono así que se sentó en un banco a esperar.

Volvió a mirar la nota que le había dejado, por si se le había escapado algo. “Espérame en la estación de Canfranc” y debajo la hora: las siete y media. Lo estaba leyendo una y otra vez cuando a trasluz se percató de que había marcas de tinta por el reverso del papel. No se le había ocurrido mirar por detrás. En escasos segundos su vida dio un vuelco y el corazón se le paró. Tuvo que leer la frase tres veces: "Si no me encuentras en el andén, estaré en el baño de señoras del restaurante de la estación, ese que siempre se atasca, ¿te atreverás a entrar?"


jueves, 8 de junio de 2017

LIBROS: EL LAGARTO NEGRO Y UN ASESINO EN ESCENA.


EL LAGARTO NEGRO (1934)

Edogawa Rampo (1894-1965)



UN ASESINO EN ESCENA (1935)

Ngaio Marsh (1895-1982)




El lagarto negro:



Edogawa Rampo (pronunciación japonesa de Edgar Allan Poe) es el pseudónimo de Hirai Taro y está considerado el maestro del suspense japonés. Autor prolífico con casi setenta novelas a sus espaldas (sin contar sus numerosísimos relatos), se dio a conocer por la serie policíaca que protagonizaría su detective Kogoro Akechi.

He de decir que no soy muy asidua a la literatura negra (o de cualquier tipo) japonesa, pero con la intención de descubrir otros mundos me he lanzado a leer algunos libros de esta temática. Lo primero que uno se da cuenta cuando se adentra en este tipo de narrativa es que no estamos ante la clásica literatura occidental (ya comenté algo cuando hice una pequeña reseña de El expreso de Tokio de Seicho Matsumoto, aquí). Una forma de expresarse más sencilla, más transparente y a veces con un toque que incluso nos puede parecer infantil. Esto último lo noté sobre todo en la novela Los misterios de la gata Holmes de Jiro Akagawa, que tiene como peculiar coprotagonista a una gata  y cuya serie hizo muy popular en su país a su escritor. Es la que menos me ha gustado hasta ahora, aunque tiene un interesante caso de “habitación cerrada”.

En esta ocasión nos adentramos en una historia de ritmo endiablado, en la que el detective Akechi juega al gato y al ratón de una forma continua con la mala de la novela, la atractiva e inteligente Midorikawa (el lagarto negro), una estrafalaria femme fatale, ladrona de piedras preciosas y coleccionista de los más raros y espeluznantes “objetos”. Los giros constantes y la deducción al estilo Sherlock Holmes son los otros protagonistas de la novela. Todo ello acompañado de un ritmo vertiginoso y algo de sentido del humor. Lo mejor de la novela: los giros (a veces encantadoramente inverosímiles) constantes y esa especie de admiración y veneración mutua que sienten el protagonista y su antagonista a pesar de su rivalidad.



Un asesino en escena:



La escritora Ngaio Marsh fue considerada junto a Christie y Dorothy L. Sayers una de las grandes escritoras británicas de genero criminal durante la época de los años veinte-treinta del pasado siglo. También fue directora de teatro y en esta novela hizo una conjunción perfecta de sus dos grandes aficiones. El detective Roderick Alleyn (de esos tipos observadores, un poco fríos, que dice poco acerca de sus descubrimientos pero a la vez da mucho juego) tendrá que resolver el asesinato de un actor al que todo el mundo parecía odiar, que se produce en plena función y en la que, casualmente, él estará presente.

En este sentido la novela la podemos diferenciar en dos partes: la primera se desarrolla en el teatro donde conoceremos a todos los sospechosos (al más puro estilo Agatha christie, casi todos tendrán un móvil para haber llevado a cabo el asesinato)  y su situación en la escena en el momento del crimen. Y una segunda parte en la que Alleyn comenzará sus pesquisas y deducciones para esclarecer el caso.

Con un estilo clásico, directo, compuesto casi exclusivamente por diálogos, la trama se irá desenredando a medida que se va enredando (me explico, es de esas novelas que cuando el detective parece tenerlo más claro, nosotros estamos más perdidos) y en ese sentido hay que estar bastante despierto en la lectura. Un humor sutil y a veces cínico nos hará más deliciosa esta novela que se lee en un suspiro y que te deja con la agradable sensación de haber leído algo muy trabajado.

sábado, 3 de junio de 2017

RELATO: EN EL SUBSUELO.








Llevo la maleta de ruedines en una mano, así que he tenido que hacer un juego de muñecas rusas con el portátil, la tablet y el móvil; cada uno metido en la funda del otro. De esta guisa, es difícil esquivar a la gente por la vía principal de la ciudad, es como un dribbling tras otro para llegar a la portería: la boca del metro. Todos andamos igual, carreras, taconeos, empujones, adelantamientos peligrosos. Pero lo sabemos hacer bien, estamos sincronizados; es así todos los viernes. Nadie quiere perder el avión que le llevará a su refugio en esas ciudades tan diferentes a la gran urbe. Esas ciudades-pueblo que son la guarida perfecta para esta jauría humana. El hogar…, imperfecto, pero hogar al fin y al cabo.

He pasado el primer escollo: los torniquetes. Intentaré llegar a mi parada lo antes posible para coger sitio delante y así poder sentarme en el primer vagón. Es mi ritual, no puedo obviarlo, es imposible. Llego con paso acelerado a este mi primer destino y casi arrollo a una mujer que alza la voz a los allí presentes: “Dios no os falla, los hombres sí. ¡Escuchadme! Dios no os falla…” La gente la observa con cierta curiosidad pero enseguida se centran en el móvil. Un minuto y ya se oye la máquina a lo lejos; unos segundos después he logrado sentarme sin problemas. Otro minuto y el tren está abarrotado. El tufo a sudor se mezcla con el olor típico del metro, ese olor inconfundible.

Ya estamos ligeramente tranquilos. Aunque los que viajamos con maletas sacamos los móviles con cierta ansiedad, hace un rato que lo echamos en falta en nuestra mano. “Toilet, toilet, please!”, es un turista angustiado. “No toilet inside” le suelta alguien ante su mueca aterrada. En la siguiente parada sale corriendo con su mujer de la mano.

En ese momento soy testigo de una escena insólita. Un hombre de mediana edad está sentado al lado de las puertas de salida. Está inclinado hacia delante y tiene las manos sobre la cabeza; es una imagen desoladora. Una mujer y un niño de unos cinco años se sitúan a una distancia prudencial. El niño no hace más que observar al hombre de manera directa, sin disimulo. El pequeño le pone una mano en el hombro y… le sonríe. El señor le mira atónito y también sonríe. Se quedan así unos segundos. “Gracias, me has alegrado el día” creo escuchar. Poco después varias personas se interponen entre ellos y yo, y la historia se desmorona. Trato de atisbar, pero ya no logro verles.

Me he quedado en una especie de duermevela.

Algo vuelve a atraer mi atención. Una pareja acaba de entrar en el vagón. Enseguida me doy cuenta de que algo les sitúa en otro lugar diferente al de los demás; cada uno lleva un bastón en la mano. Con sonrisas, “por favores” y “gracias” intentan alcanzar la barra que está en el centro. Llevan un ritmo diferente, no tienen prisa, pisan sobre una alfombra de colores y aspiran un oxígeno inalcanzable para los demás. Ella tiene las mejillas sonrosadas y él no para de hablar. No se miran, no se ven, pero se sienten. Con una mano agarran la barra y con la otra se tocan. Ella comienza con la cara de su compañero, primero la frente, sigue por los ojos, la nariz, los labios…, se detiene unos segundos en cada sitio, como tratando de cerciorarse de que está captando cada detalle. Él ya no habla, le da besos en las yemas de los dedos en señal de agradecimiento. Miro alrededor con curiosidad, ¿alguien está siendo testigo aparte de mí de esta excepcional escena? Parece que no, todo sigue su rutina de artificio digital.

Pero mis jóvenes héroes siguen a lo suyo, ajenos a timbres, sonidos eléctricos y avisos en forma de campanillas. Sus ojos sin vida nunca conectan, porque no hay miradas, pero está el tacto y está la piel.

Ahora se apretujan las manos, de una manera peculiar, parecen masajeárselas.  Juegan con los dedos, los entrelazan, los presionan hasta sentir el hueso. Él ahora se ha encontrado con una oreja y parece divertirle. Toca cada pliegue, el cartílago elástico, el lóbulo. Luego baja al cuello, ella tiene un lunar y se dedica un tiempo a palparlo. Sigue por el hombro hasta el antebrazo para finalizar otra vez en la mano. Y otra vez el jugueteo. Si alguien les observara desde una distancia prudencial parecería que él me mira a mí y ella mira a la señora que está enfrente. Pero nada más lejos de la realidad, nosotros no les interesamos, se están acariciando el alma…, han dado con las teclas perfectas que suenan a música celestial, interpretan el cuerpo del otro como algo etéreo, su pulsión va más allá de lo meramente carnal. Lo que les ocurre no está al alcance de cualquiera.

La máquina para, se agarran de la cintura y siguiendo el mismo procedimiento de entrada, hacen su salida de mi espacio visual. Les sigo con la vista, no quiero que se vayan, quiero pertenecer a su mundo, siento envidia. Pero poco a poco el tren se aleja y les pierdo entre la multitud.

De repente noto un vacío. He sido testigo de dos momentos humanos en los que no he sido el protagonista. Mi historia se escribe con renglones rectos, negros, Times New Roman, tamaño 12. Abro el Whatsapp buscando algo de vida, mi vida. Algo hay: Diego me recuerda que el informe tiene que estar para el lunes a primera hora. Mi mujer no está en línea, así que en un arranque más que audaz la llamo, sí la llamo, aunque sé que está trabajando. Me responde asustada “¿Qué pasa?” Nada, le comento, solo quería escuchar su voz. “Ah, pero estoy trabajando. Mejor hablamos cuando llegues ¿no?” Silencio. Vale, le digo, perfecto. Y colgamos.

Saco el ordenador, lo enciendo y abro el procesador de textos, me froto las manos y empiezo, veamos, Informe de Resultados…


miércoles, 31 de mayo de 2017

CINE: LA PARADA DE LOS MONSTRUOS


LA PARADA DE LOS MONSTRUOS (1932)

Tod Browning (1880-1962)



Esta película de apenas sesenta minutos de duración (no perdamos de vista la época, 1932) titulada en origen Freaks (¿a alguien le suena esta palabra?), seguramente es una de las apuestas más valientes que se han hecho en la historia del cine. Fue catalogada como cinta de terror, cine de vanguardia e incluso documental; esto último seguramente por el realismo que suponía utilizar a actores con discapacidades y deformidades reales, sin maquillajes ni añadiduras, tan cruda y real como la vida misma. A mí ninguna de estas clasificaciones me convence, y en todo caso, diría que estamos ante un drama humano. A pesar de esta premisa de originalidad, hay que decir que fue una película muy subestimada en la época y quizás, hoy en día, también.


Comienza de una manera inquietante cuando un feriante muestra a los espectadores a una mujer que ha sufrido una transformación horrorosa; la cámara en ese momento no enseña nada, pero los gritos de horror de los presentes lo dicen todo.

Después, el hombre comienza a contar la historia: Hans y Frieda son dos jóvenes que padecen enanismo y están prometidos. Pero en su romance se entrometerá la bella trapecista Cleopatra, que conocedora de la fortuna proveniente de una herencia que posee Hans, le seduce y acaba casándose con él, a pesar de despreciarle. Cleopatra tiene un amante, el forzudo Hércules, y entre los dos planearán matar al pobre Hans para hacerse con su dinero, todo esto ante la atónita y enamorada Frieda que nada puede hacer ante el embelesamiento que sufre Hans por Cleopatra. Pero en la boda, la trapecista, borracha y enloquecida, se burlará de todos los freaks allí reunidos para celebrar la ceremonia, les insultará y les denigrará. A partir de aquí comenzará la venganza de “los monstruos”, que nos llevará a un desenlace inolvidable, en el que nos encontramos con una unión solidaria que difícilmente hallaríamos en personas “normales” y  cuyo resultado nos remite a la escena inicial.


Es una película profunda y humana, en la que hay escenas crueles difíciles de asimilar. El hecho de estar protagonizada por personas con problemas físicos reales hace más alarmante y verosímil esta crudeza. En ocasiones resulta impactante.

Es un film insólito en el que lo aparentemente feo se muestra con una tierna belleza (sobre todo en las escenas en las que observamos su vida cotidiana, por ejemplo la que se desarrolla en un bosque) y lo supuestamente hermoso está encarnado por la avaricia y la maldad. Esta realizada con sumo respeto a seres humanos a los que la sociedad no aceptaba y que tenían que ganarse la vida en espectáculos  de entretenimiento. Sin embargo, tenemos que subrayar que también fue malinterpretada en la época, como muestra está el hecho de que fuera prohibida en el Reino Unido durante treinta años acusada de explotar a los actores.



Irrepetible en muchos aspectos, tiene unas interpretaciones maravillosas, en las que destacaría la de los encantadores Hans y Frieda que encarnan los actores Harry Earles y Daisy Earles (hermanos en la vida real y que formaban junto a otros dos The Doll Family, muy popular en circos y representaciones similares de la época).


Honesta, cruda, con toques de humor negro, realista pero también poética, adelantada a cualquier tiempo…, son adjetivos que le van perfectamente a esta obra maestra para mí, indiscutible. Un auténtico alegato a favor de la diferencia.

Y por si alguien le interesa acercarse a esta espléndida película puede encontrarla en plataformas digitales en internet (tipo Filmin).



Trailer original en inglés-La parada de los monstruos (Freaks)-



sábado, 27 de mayo de 2017

RELATO: EL PROBLEMA DE ISAÍAS







        El prisionero de la celda 64, don Isaías Cordero, recibió con desgana a su visitante. Señor distinguido, traje impoluto, gafas de empollón. Pensó que se trataría de alguno de los personajes o periodistas que su amigo Merino le acostumbraba a mandar, y que le obligaban a estrujarse las meninges con entrevistas interminables. Nada más lejos de la realidad. Isaías se quedó petrificado cuando el susodicho se presentó como su nuevo abogado de oficio, y le notificaba que quedaba libre después de veinte años de prisión injusta acusado del homicidio de Romerito. "El verdadero asesino se ha desmoronado y ha confesado". Después de unos segundos de estupefacción, reaccionó. "Tantos años ha necesitado el desgraciado para venirse abajo; extraña personalidad, sin duda" dijo Cordero.

         El abogado dejó a Isaías pensativo sentado en la silla de la celda. No sabía muy bien como expresar lo que sentía en ese momento, así que le despachó enseguida. El otro parecía no entender y se fue meneando la cabeza. “¡Qué personajes algunos…!” oyó que decía entre dientes.

         Mientras pensaba en su amigo Merino y en todas las molestias que se había tomado a lo largo de todos esos años, llamando a los medios de comunicación, todo ello en aras de demostrar su inocencia, el nudo de su estómago empezó a retorcerse hasta convertirse en un dolor insufrible. En ese momento Pedro, su compañero de celda, entró con su andar cansino:

         —Pedro que soy libre… —acertó a decirle con un amago de voz que más parecía un lamento de plañidera.

         —Pero, ¿qué me dices? ¿Para eso ha venido ese tío?

         Isaías asintió con la cabeza varias veces.

         Pedro le cogió por los hombros, le puso de pie y le dio un abrazo de oso. Parecía un pequeño muñeco sin articulaciones entre las extremidades fuertes y contundentes de su compañero.

         —¡Cómo me alegro amigo!, tantos años esperando este momento…

         Augusto Romero, Romerito. El caso había sido muy conocido en su momento. Isaías había sido el último en ver al joven en el pantano del pueblo. Solían ir juntos a tirar piedras al agua, a matar el tiempo. A veces también iba Merino, pero ese día tenía problemas en casa. Ambos sentían una querencia por el chico. Era un chaval “especial” como se decía por entonces, con una madre prematuramente enferma de olvido y un padre intermitente, poco inclinado a acarrear con problemas familiares y con propensión a soluciones rápidas y etílicas.

         —Pero te veo raro, como si algo no te cuadrara. —Pedro le devolvió a la realidad.

         —No es eso, es que…, después de tanto tiempo…

         Romerito apareció ahogado en el pantano. Al principio se creyó que había sido un desafortunado accidente. Pero después le descubrieron las marcas en el cuello. El cura comentó que le solía dar dinero, cuatro perras, y de ahí la policía concluyó que le habían matado para robarle. Aunque los vecinos no pensaban lo mismo.

         —¿A dónde voy a ir Pedro? Si mis padres murieron ya.

         —Vamos, vamos Isaías, ¿no me vendrás ahora con el Síndrome de Estocolmo?

         —Pero es que mis padres…

         —Ya, ya, se han muerto. Eran mayores ¿no?

         Cuando encarcelaron a Isaías tenía veinte años. Sus padres apenas cincuenta. Al principio venían a verle con la cara desencajada, víctimas de la vergüenza. Pocos meses después dejaron de hacerlo. Merino le contó que no salían de casa, que les habían pintado los muros de la entrada. Habían muerto de cáncer con apenas un año de diferencia.

         —Escucha, tienes a Merino. Seguro que te echa una mano. Si no yo tengo algún contacto por ahí, un currillo seguro que te puedo encontrar. No te asustes, algo fiable.

         Pedro era un buen hombre. Había estado otras cuatro veces en prisión. Trapicheos y algún escarceo con la droga a pequeña escala. Era de esos hombres que no se habían metido de lleno en el agujero todavía, pero que le quedaba un pequeño empujón. De mientras mantenía cierta inocencia y un aire descuidado que le podían llevar en cualquier momento a la cuneta de alguna carretera dejada de la mano de Dios.

         —Pobre chico…

         —¿De quién hablas, del Romerito? Mira, seguro que él ni sufrió. Tú, sin embargo llevas veinte años en la cárcel, Corderillo, no lo olvides.

         —Sí que tuvo que sufrir, le ahogaron; tuvo que sufrir y mucho.

         Fue él el que le encontró flotando en la orilla. La cara contraída en una mueca rara. Hablaba por los codos y de repente se calló. Su risa que explotaba en un estruendo infantil, cesó. Y se quedó con el vientre hinchado y las extremidades rígidas. Así, sin transición alguna, Isaías fue el último en dejarle vivo y el primero en encontrarle muerto. Le sacó del agua, le depositó sobre el trapo roído que siempre llevaba y le cerró los ojos. Y después, sin saber por qué, se fue a casa directamente y se puso a llorar. Aquella acción había sido su condena.

         —¿Te ha dicho el abogado quién ha sido?

         Nadie le había entendido, ¿por qué no le dejó donde estaba?,  ¿por qué no había acudido a la policía…? Le insultaron, le tiraron piedras cuando se lo llevaron detenido, le llamaron desviado… “¡cómo no has podido le has matado…!” le dijeron,  “si era un pobre niño sin entendederas, ¿por qué lo has hecho salvaje?, ojalá te pudras en la cárcel”.

         —Ha sido el padre.

         Se hizo un silencio. Los dos hombres se miraron unos segundos. Pedro meneó la cabeza.

         —Joder que historias… Igual es de esos casos de “homicidio por piedad”, el otro día leí un caso en el periódico: una mujer había matado a su marido porque era enfermo terminal y no quería que padeciera, según cuentas el chico era…

         —Le mató para robarle el dinero que le había dado el cura. Eso es lo que ha dicho.

         Isaías visualizó al hombre por unos momentos: andar desgarbado, mirada huidiza, cabeza gacha, actitud desconfiada. Romerito no quería a su padre: “Es malo y me pega” balbuceaba.

—Menudo cabronazo —dijo Pedro.

“El padre deambula como un alma en pena”. Su mujer había muerto unos años antes y él había envejecido veinte años de golpe, según Merino. Le habían quitado la casa por las deudas. Su vida giraba en torno a un banco del parque. Por la noche se tumbaba y dormía, y por el día se sentaba y bebía tetrabriks de vino. ¿Por qué habría confesado? ¿Por culpa? ¿Por desesperación? ¿Por tener un techo bajo el que morir?

Pedro le puso una mano en el hombro a su compañero:

—Amigo, olvida todo y comienza de nuevo.

Isaías le miro con una mezcla de ternura y miedo en los ojos. Quiso imaginar su vida a partir de ese momento y solo vislumbró un pantano de agua oscura. La vida había vuelto sin avisar, la burbuja se había pinchado, la puerta se había abierto para dejar paso a un vendaval, y todo ello en cuestión de horas.

—Lo intentaré Pedro, lo intentaré.



         Días más tarde, Merino aguardaba inquieto en las puertas de la cárcel;  el incondicional, el informante, su hermano del alma. En el mismo momento en que Isaías Cordero pisó la calle, recordó una medallita de la Virgen de los Desamparados que le había regalado su madre y que se había dejado en la celda. Mantenido durante años por el Estado y con un solo amigo esperándole a la salida, se sintió más preso que nunca.


domingo, 21 de mayo de 2017

RELATO: UN DÍA CUALQUIERA




UN DÍA CUALQUIERA







Querido fantasma:



Hoy he salido temprano de casa con una férrea determinación. He cerrado la puerta con llave, Dios sabe por qué, y he cruzado la carretera hasta la acera. Me he topado con el panadero, con el cartero y el afilador; sí, todavía vive. He llegado al puente de madera, me he parado y he observado el río putrefacto y sin vida que recorre nuestro pueblo. Después de veinte minutos y de pensármelo dos veces, he seguido mi camino. No quiero ahogarme con agua contaminada en mis pulmones.

Esta ha sido mi primera tentativa.

Llevaba media hora caminando cuando he llegado al paso a nivel que está a las afueras; ya sabes, ese que apenas tiene visibilidad. He esperado a que se pusiera el semáforo en rojo y se bajara la barrera. Me he agachado y he plantado la oreja en el rail. Unos segundos más tarde he empezado a escuchar  el traqueteo del tren. Me he puesto en pie de un salto. He cerrado los ojos y he comenzado a andar. El sonido era cada vez más fuerte. Calculo que estaba en la mitad de la vía cuando una brisa suave y fresca del norte me ha acariciado el rostro. He abierto los ojos, el vagón estaba a unos cincuenta metros. Me he tirado en plancha hacia la cuneta mientras el silbato del tren me atravesaba el tímpano y el orgullo.

Esta ha sido la segunda.

He llegado a nuestra casa abandonada. No necesito llave, ya que está abierta para el que quiera entrar. El techo esta semihundido y todavía apesta a humo y ceniza a pesar del tiempo que ha pasado. He vuelto a abrir el cajón de la cómoda carcomida y he vuelto a ver las fotos amarillentas sentada en el suelo negruzco. Cuando se ha hecho de noche, seguía mirándolas porque la luna llena todavía me proporcionaba luz. Las he depositado en su sitio y he cerrado el cajón con delicadeza. Me he dirigido a lo que fue el salón y me he sentado en el que fue tu sofá. Me he imaginado que soy tú y que nos mirabas mientras jugábamos al Quién es quién. He pasado así treinta minutos. Después, me he dirigido hasta la cuerda que cuelga de la lámpara y que yo misma puse hace unas semanas. He tirado ligeramente como si estuviera en una tómbola y me fuera a tocar un premio. La estructura de araña se ha caído rozándome ligeramente el hombro.

Ese iba a ser el tercer intento.

He huido de allí y he llegado sin resuello a mi actual morada. He corrido la cortina y me he metido en la cama.

Otra vez pasarán las horas absurdas. Otra vez planearán los cuervos sobre la colcha. Otra vez el delirio romperá el silencio.

Volveré a amanecer despierta.

 Espérame un día más.



P.D.: Dejo esta carta junto a las otras en el cajón de la alacena con la esperanza de que puedas leerla.

Carta seleccionada en el concurso "Cartas en el agua" para formar parte de la antología del mismo nombre y editada por Ojos Verdes Ediciones.