sábado, 27 de mayo de 2017

RELATO: EL PROBLEMA DE ISAÍAS







        El prisionero de la celda 64, don Isaías Cordero, recibió con desgana a su visitante. Señor distinguido, traje impoluto, gafas de empollón. Pensó que se trataría de alguno de los personajes o periodistas que su amigo Merino le acostumbraba a mandar, y que le obligaban a estrujarse las meninges con entrevistas interminables. Nada más lejos de la realidad. Isaías se quedó petrificado cuando el susodicho se presentó como su nuevo abogado de oficio, y le notificaba que quedaba libre después de veinte años de prisión injusta acusado del homicidio de Romerito. "El verdadero asesino se ha desmoronado y ha confesado". Después de unos segundos de estupefacción, reaccionó. "Tantos años ha necesitado el desgraciado para venirse abajo; extraña personalidad, sin duda" dijo Cordero.

         El abogado dejó a Isaías pensativo sentado en la silla de la celda. No sabía muy bien como expresar lo que sentía en ese momento, así que le despachó enseguida. El otro parecía no entender y se fue meneando la cabeza. “¡Qué personajes algunos…!” oyó que decía entre dientes.

         Mientras pensaba en su amigo Merino y en todas las molestias que se había tomado a lo largo de todos esos años, llamando a los medios de comunicación, todo ello en aras de demostrar su inocencia, el nudo de su estómago empezó a retorcerse hasta convertirse en un dolor insufrible. En ese momento Pedro, su compañero de celda, entró con su andar cansino:

         —Pedro que soy libre… —acertó a decirle con un amago de voz que más parecía un lamento de plañidera.

         —Pero, ¿qué me dices? ¿Para eso ha venido ese tío?

         Isaías asintió con la cabeza varias veces.

         Pedro le cogió por los hombros, le puso de pie y le dio un abrazo de oso. Parecía un pequeño muñeco sin articulaciones entre las extremidades fuertes y contundentes de su compañero.

         —¡Cómo me alegro amigo!, tantos años esperando este momento…

         Augusto Romero, Romerito. El caso había sido muy conocido en su momento. Isaías había sido el último en ver al joven en el pantano del pueblo. Solían ir juntos a tirar piedras al agua, a matar el tiempo. A veces también iba Merino, pero ese día tenía problemas en casa. Ambos sentían una querencia por el chico. Era un chaval “especial” como se decía por entonces, con una madre prematuramente enferma de olvido y un padre intermitente, poco inclinado a acarrear con problemas familiares y con propensión a soluciones rápidas y etílicas.

         —Pero te veo raro, como si algo no te cuadrara. —Pedro le devolvió a la realidad.

         —No es eso, es que…, después de tanto tiempo…

         Romerito apareció ahogado en el pantano. Al principio se creyó que había sido un desafortunado accidente. Pero después le descubrieron las marcas en el cuello. El cura comentó que le solía dar dinero, cuatro perras, y de ahí la policía concluyó que le habían matado para robarle. Aunque los vecinos no pensaban lo mismo.

         —¿A dónde voy a ir Pedro? Si mis padres murieron ya.

         —Vamos, vamos Isaías, ¿no me vendrás ahora con el Síndrome de Estocolmo?

         —Pero es que mis padres…

         —Ya, ya, se han muerto. Eran mayores ¿no?

         Cuando encarcelaron a Isaías tenía veinte años. Sus padres apenas cincuenta. Al principio venían a verle con la cara desencajada, víctimas de la vergüenza. Pocos meses después dejaron de hacerlo. Merino le contó que no salían de casa, que les habían pintado los muros de la entrada. Habían muerto de cáncer con apenas un año de diferencia.

         —Escucha, tienes a Merino. Seguro que te echa una mano. Si no yo tengo algún contacto por ahí, un currillo seguro que te puedo encontrar. No te asustes, algo fiable.

         Pedro era un buen hombre. Había estado otras cuatro veces en prisión. Trapicheos y algún escarceo con la droga a pequeña escala. Era de esos hombres que no se habían metido de lleno en el agujero todavía, pero que le quedaba un pequeño empujón. De mientras mantenía cierta inocencia y un aire descuidado que le podían llevar en cualquier momento a la cuneta de alguna carretera dejada de la mano de Dios.

         —Pobre chico…

         —¿De quién hablas, del Romerito? Mira, seguro que él ni sufrió. Tú, sin embargo llevas veinte años en la cárcel, Corderillo, no lo olvides.

         —Sí que tuvo que sufrir, le ahogaron; tuvo que sufrir y mucho.

         Fue él el que le encontró flotando en la orilla. La cara contraída en una mueca rara. Hablaba por los codos y de repente se calló. Su risa que explotaba en un estruendo infantil, cesó. Y se quedó con el vientre hinchado y las extremidades rígidas. Así, sin transición alguna, Isaías fue el último en dejarle vivo y el primero en encontrarle muerto. Le sacó del agua, le depositó sobre el trapo roído que siempre llevaba y le cerró los ojos. Y después, sin saber por qué, se fue a casa directamente y se puso a llorar. Aquella acción había sido su condena.

         —¿Te ha dicho el abogado quién ha sido?

         Nadie le había entendido, ¿por qué no le dejó donde estaba?,  ¿por qué no había acudido a la policía…? Le insultaron, le tiraron piedras cuando se lo llevaron detenido, le llamaron desviado… “¡cómo no has podido le has matado…!” le dijeron,  “si era un pobre niño sin entendederas, ¿por qué lo has hecho salvaje?, ojalá te pudras en la cárcel”.

         —Ha sido el padre.

         Se hizo un silencio. Los dos hombres se miraron unos segundos. Pedro meneó la cabeza.

         —Joder que historias… Igual es de esos casos de “homicidio por piedad”, el otro día leí un caso en el periódico: una mujer había matado a su marido porque era enfermo terminal y no quería que padeciera, según cuentas el chico era…

         —Le mató para robarle el dinero que le había dado el cura. Eso es lo que ha dicho.

         Isaías visualizó al hombre por unos momentos: andar desgarbado, mirada huidiza, cabeza gacha, actitud desconfiada. Romerito no quería a su padre: “Es malo y me pega” balbuceaba.

—Menudo cabronazo —dijo Pedro.

“El padre deambula como un alma en pena”. Su mujer había muerto unos años antes y él había envejecido veinte años de golpe, según Merino. Le habían quitado la casa por las deudas. Su vida giraba en torno a un banco del parque. Por la noche se tumbaba y dormía, y por el día se sentaba y bebía tetrabriks de vino. ¿Por qué habría confesado? ¿Por culpa? ¿Por desesperación? ¿Por tener un techo bajo el que morir?

Pedro le puso una mano en el hombro a su compañero:

—Amigo, olvida todo y comienza de nuevo.

Isaías le miro con una mezcla de ternura y miedo en los ojos. Quiso imaginar su vida a partir de ese momento y solo vislumbró un pantano de agua oscura. La vida había vuelto sin avisar, la burbuja se había pinchado, la puerta se había abierto para dejar paso a un vendaval, y todo ello en cuestión de horas.

—Lo intentaré Pedro, lo intentaré.



         Días más tarde, Merino aguardaba inquieto en las puertas de la cárcel;  el incondicional, el informante, su hermano del alma. En el mismo momento en que Isaías Cordero pisó la calle, recordó una medallita de la Virgen de los Desamparados que le había regalado su madre y que se había dejado en la celda. Mantenido durante años por el Estado y con un solo amigo esperándole a la salida, se sintió más preso que nunca.


domingo, 21 de mayo de 2017

RELATO: UN DÍA CUALQUIERA




UN DÍA CUALQUIERA







Querido fantasma:



Hoy he salido temprano de casa con una férrea determinación. He cerrado la puerta con llave, Dios sabe por qué, y he cruzado la carretera hasta la acera. Me he topado con el panadero, con el cartero y el afilador; sí, todavía vive. He llegado al puente de madera, me he parado y he observado el río putrefacto y sin vida que recorre nuestro pueblo. Después de veinte minutos y de pensármelo dos veces, he seguido mi camino. No quiero ahogarme con agua contaminada en mis pulmones.

Esta ha sido mi primera tentativa.

Llevaba media hora caminando cuando he llegado al paso a nivel que está a las afueras; ya sabes, ese que apenas tiene visibilidad. He esperado a que se pusiera el semáforo en rojo y se bajara la barrera. Me he agachado y he plantado la oreja en el rail. Unos segundos más tarde he empezado a escuchar  el traqueteo del tren. Me he puesto en pie de un salto. He cerrado los ojos y he comenzado a andar. El sonido era cada vez más fuerte. Calculo que estaba en la mitad de la vía cuando una brisa suave y fresca del norte me ha acariciado el rostro. He abierto los ojos, el vagón estaba a unos cincuenta metros. Me he tirado en plancha hacia la cuneta mientras el silbato del tren me atravesaba el tímpano y el orgullo.

Esta ha sido la segunda.

He llegado a nuestra casa abandonada. No necesito llave, ya que está abierta para el que quiera entrar. El techo esta semihundido y todavía apesta a humo y ceniza a pesar del tiempo que ha pasado. He vuelto a abrir el cajón de la cómoda carcomida y he vuelto a ver las fotos amarillentas sentada en el suelo negruzco. Cuando se ha hecho de noche, seguía mirándolas porque la luna llena todavía me proporcionaba luz. Las he depositado en su sitio y he cerrado el cajón con delicadeza. Me he dirigido a lo que fue el salón y me he sentado en el que fue tu sofá. Me he imaginado que soy tú y que nos mirabas mientras jugábamos al Quién es quién. He pasado así treinta minutos. Después, me he dirigido hasta la cuerda que cuelga de la lámpara y que yo misma puse hace unas semanas. He tirado ligeramente como si estuviera en una tómbola y me fuera a tocar un premio. La estructura de araña se ha caído rozándome ligeramente el hombro.

Ese iba a ser el tercer intento.

He huido de allí y he llegado sin resuello a mi actual morada. He corrido la cortina y me he metido en la cama.

Otra vez pasarán las horas absurdas. Otra vez planearán los cuervos sobre la colcha. Otra vez el delirio romperá el silencio.

Volveré a amanecer despierta.

 Espérame un día más.



P.D.: Dejo esta carta junto a las otras en el cajón de la alacena con la esperanza de que puedas leerla.

Carta seleccionada en el concurso "Cartas en el agua" para formar parte de la antología del mismo nombre y editada por Ojos Verdes Ediciones.


miércoles, 17 de mayo de 2017

NOVELAS DE STEFAN ZWEIG.


NOVELAS: NOVELA DE AJEDREZ Y CARTA DE UNA DESCONOCIDA (1941, 1922)

Stefan Zweig (1881-1942)




“He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración. Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes había estado condenado al olvido por un instinto interior...

Esto cuenta en su biografía El mundo de ayer: Memorias de un europeo Stefan Zweig, excelente escritor austriaco proveniente de una rica familia judía, y autor de novelas, relatos y biografías. Un autor que quizás no fue reconocido del todo en su momento, sobre todo a raíz de su exilio en Brasil, donde expresó estar harto de vagar de un sitio para otro.

Declaró sentir "una vergüenza secreta y atormentadora" de que la ideología nazi fuera "concebida y redactada en lengua alemana". En 1942 sumergido ya en la oscuridad más absoluta, se suicidó junto a su esposa Lotte en Petrópolis, cerca de Rio de Janeiro.





Hace unas semanas adquirí el que parecía ser el último ejemplar en la tierra del recopilatorio de sus Novelas (me costó Dios y ayuda encontrarlo, aunque luego me percaté de que en Amazon, siempre tan eficientes, te lo traen de un día para otro).  Desde que lo sentí en mis manos mi intuición me decía que estaba ante algo grande, y no solo por su tamaño (más de 1500 páginas de finas hojas distribuidas en once novelas cortas) sino porque notaba el peso de la sabiduría, de la inteligencia, del sentimiento en el mejor sentido de la palabra. Creo que no me he equivocado.

Hasta este momento en el que hago este comentario, me he leído dos de sus historias: Novela de ajedrez  (publicada en 1944 de manera póstuma) y Carta de una desconocida.

En la primera se cuenta la obsesión que puede llegar a sentir un ser humano privado de libertad, en una fría celta tan solo dotada de lo mínimo para sobrevivir; un aislamiento absoluto tan solo roto para ser sometido a intensos interrogatorios. Es un claro alegato en contra del nazismo y de las torturas psicológicas a las que sometía la Gestapo a sus prisioneros.

Mirco Zcentovic es un campeón de ajedrez al que nadie logra ganar. Durante un crucero varios personajes se enfrentan a él sin que ninguno resulte vencedor. Pero un día, un extraño personaje, el señor B, consigue hacer tablas. En ese momento conoceremos su conmovedora historia: cómo fue hecho prisionero por la Gestapo, totalmente incomunicado y casi llevado a la locura, y cómo logró engañar a su mente aprendiendo a jugar al ajedrez con un libro robado. A pesar de su temática no es necesario saber jugar al ajedrez para engancharse a este relato, ya que su objetivo es otro.

Zweig narra de una manera brillante el proceso de este hombre, su desesperación, su capacidad de resistencia ante una presión inhumana, su obsesión por no dejarse llevar y también su locura por llevar la mente a extremos insospechados.

El ritmo sostenido, la fácil lectura, el trasfondo psicológico profundo y humano, y el sutil suspense que dota el escritor a la novela, la hacen ser una delicia a pesar de su brevedad.

En Carta de una desconocida seguimos con el tema de la obsesión. Trata un tema universal: el “amor maldito”. Una mujer absolutamente enamorada de un escritor durante toda su vida, le envía una carta desoladora y desgarrada en la que le cuenta su amor desdichado hacia él, ese hombre seductor que nunca ha sido capaz de “reconocerla” en las sucesivas veces que se han visto, que ha llevado una vida disoluta y que nunca ha vivido ningún sentimiento hacia ella u otra mujer. En esta corta novela, aunque hay una clara defensa del amor más puro, yo también quiero ver una crítica al ideal de amor romántico de otras épocas, en las que las mujeres solo podían aspirar a buscar la felicidad en los brazos de un hombre. Hombres que, por otra parte, cosificaban a las mujeres. Es una novela profunda y sencilla. Narrada de forma elegante y delicada.

Esta novela fue primorosamente adaptada al cine ligeramente retocada por Max Ophüls en 1948, con Joan Fontaine en el papel de la protagonista (un papel que le viene como anillo al dedo). La película recoge el espíritu de la novela perfectamente. El drama de esta mujer está perfectamente descrito, y el ritmo y la puesta en escena son brillantes.



Me seguiré adentrando en el mundo de Stefan Zweig porque me he quedado con ganas de más y porque trata de forma admirable temas universales que a todos nos tocan de alguna manera. Su humanismo y sensibilidad, quizás por la vida que le tocó llevar, esta patente en cada palabra. Y una emoción siempre a flor de piel.


sábado, 13 de mayo de 2017

PROCEDIMIENTO ADMINISTRATIVO.


Todos somos víctimas de la burocracia, tanto los que trabajan con ella, como los obligados a cumplirla. Este caso es pura ficción, pero quién sabe si  alguien se ha visto envuelto en una situación parecida alguna vez. Hoy no os dejo un relato sino una instancia dirigida a una administración local, o loca, como se prefiera.






  

AL EXCELENTÍSIMO PRESIDIENTE DE LA CORPORACIÓN



D. Manuel Vicente Vicente, mayor de edad, con D.N.I.: 00000000C  y domicilio en calle de las Esquinas, 14-3ºB en el Municipio de Retuécanos C.P.: 33.333



EXPONE:                                                                       

Que he sido víctima de un asesinato administrativo. Que con fecha de 11 de enero del presente, recibí notificación certificada de este ayuntamiento en la que se me informaba de la baja de mis ayudas de emergencia social que estaba recibiendo hasta ese momento. La motivación de tal acto administrativo  fue mi fallecimiento a fecha de 20 de noviembre del pasado año, según constaba en el certificado de defunción expedido por el juzgado de paz correspondiente y remitido a la entidad local. (Aquí surgió mi primera sorpresa,  si estaba muerto, ¿por qué me mandaron una carta?).

Que con fecha de 12 de enero del presente año me dirigí a las oficinas de su Ilustre Ayuntamiento con estas piernas que Dios me ha dado y con este cuerpo cuyas constantes vitales siguen intactas, para refrendar mi “condición de persona viva”. Que tuve una conversación con un servidor público, que me mostró el susodicho certificado de defunción, alegando que tenía que presentar instancia pertinente para mi regreso a un estado viviente (perdón por la cacofonía). Que lo más seguro es que se debiera a “errores informáticos”, pero que nunca se sabía, ya que estaba muy de moda suplantar identidades con el fin único de percibir prestaciones. Aunque (siguió) lo más seguro es que alguien con mi mismo nombre y apellidos hubiese fallecido y me hubieran cargado el muerto a mí, jeje (hizo un chiste, sí,  por lo cual me pidió disculpas reiteradamente). En mi desesperación, le presenté mi partida de nacimiento y mi D.N.I.; de nada sirvió.  E incluso, mi vecino Ignacio, allí presente, se prestó a hacer una declaración verbal asegurando que me conocía de toda la vida, y que efectivamente me encontraba allí en condiciones “aparentemente normales”. Tal era mi desolación, que le insté al trabajador a que comprobase recientes enterramientos en el cementerio; tampoco sirvió de nada. Me contestó que mis familiares habían podido incinerarme y haberse llevado las cenizas consigo, y que incluso podría estar sepultado en otra localidad. “Y esas gestiones, ¿no quedarían registradas?” pregunté, a lo cual contestó que “de eso se encarga la muerte, perdón (dijo), la Mutualidad de Previsión Social.” Ante este muro infranqueable frente al que me encontraba, le rogué que comprobara que yo no tenía familiares cercanos que pudieran hacer eso, a lo que (siempre tenía respuesta para todo) me dijo, “¡ay amigo!, aquí nos topamos con La Ley de Protección de Datos. Usted no sabe lo difícil que es ahora dar señas de identidad, mismamente el querer saber si alguien está empadronado o no, se ha puesto imposible”. Se enfadó muchísimo cuando le insinué que podía haberse tratado de una equivocación en el seno de la administración, un error burocrático.  “¡Uy! (dijo) ¿está poniendo en duda nuestra eficacia en el ejercicio de nuestra profesión? Ahora empezaremos con la retahíla subsiguiente: los empleados públicos no hacen nada por resolver los asuntos de sus conciudadanos, se pasan el día quejándose, tienen más días libres que vacaciones…”. Estuvo diez minutos hablando de sus circunstancias personales.

Finalmente, le pedí, le rogué, le exhorté, que me ayudara a rellenar la solicitud correspondiente. Tampoco eso. Dijo que cada ciudadano debía completar sus propias instancias, que ellos no se metían en eso, ya que estaban más que avisados de que no podían colaborar en su cumplimentación, sobre todo si eran peliagudas. “Y no me diga que esta no le es…” concluyó.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto anteriormente y dadas las circunstancias:



SOLICITA:

Que se me reviva de entre los muertos (sí como la película). Con carácter de urgencia, por favor. Llevo tres meses sin los ingresos necesarios para afrontar los gastos corrientes del alquiler, luz y agua.

Esta es la quinta instancia que presento y no obtengo respuesta. Cada vez que voy a la Casa Consitorial se me acerca un chico joven muy simpático (el señor que me atendió en su día no se levanta de la silla) que me conmina a que sea paciente, que tengo que esperar, que no atore a la burocracia con sucesivos escritos (“con uno vale”, dice).

Mi salud se ha resentido en los últimos días, el médico me comenta que tengo que tranquilizarme, que esto puede llevarme a un desequilibrio serio.

Sé que estas cosas pasan, no tengo nada contra ustedes de verdad. Solo suplico que se me atienda.

No quiero hacerles perder su valioso tiempo, no les molesto más.

Esperando encontrarme entre los vivos a la mayor brevedad posible (le recuerdo que los muertos no votan), le saludo atentamente.



P.D.: En caso de que mi fallecimiento tenga lugar antes de que mi suplica sea atendida,  como último deseo quiero que mis cenizas se esparzan en la maceta del despacho de alcaldía. Le juro por mis muertos (los administrativos y los que están bajo tierra) que vagaré por los pasillos del Ayuntamiento por toda la eternidad, moviendo objetos, apagando y encendiendo las luces, falseando facturas, creando comisiones ilegales a terceros, malversando fondos públicos y todo lo que a un fantasma cabreado pueda ocurrírsele.



En Retuécanos, a 25 de mayo de 2014

Fdo.: Manuel Vicente el Muerto Viviente.


miércoles, 10 de mayo de 2017

MICRORRELATO: MÚSICA





  MÚSICA

  (INSEPARABLES TÚ Y YO)




Enciérrame en tus versos. Recréame como iluminaria de tu vida. Compón tu mejor canción, te mostraré el camino a seguir. Ejecuta los primeros acordes y yo fluiré como nunca antes lo había hecho. Hay algo que ha cambiado respecto al pasado: son tus cicatrices, que te acompañan en la tarea; son tus heridas abiertas, que se cerrarán poco a poco; es tu mirar, que guarda secretos inconfesables; son tus arrugas, que atestiguan una vida intensa; son tus manos ajadas y hermosas, que acariciarán la guitarra. El efecto será majestuoso. Será tu bálsamo embriagador. Tu vida habrá terminado y comenzado de nuevo. No podrás separarte de mí.  Me necesitarás cada vez que llores, que rías, que encuentres una nueva ilusión. Seré la banda sonora de tus grandes momentos. Esa melodía que te acompañará cuando no recuerdes nada y que te hará sonreír sin saber por qué.


sábado, 6 de mayo de 2017

RELATO: PENA DE VIDA.








—Hay que hacerlo, señor; así es la vida —dijo el guardia como si hablara de algo irremediable. "Y la muerte, ¿cómo es?", pensé mientras me dirigía con él  a los calabozos.

Nos encontramos al reo incomprensiblemente sereno, sentado en una silla, con las manos sobre los muslos. A su lado, restos de una cena a medida de las circunstancias; cabezas de langostinos y una botella de vino vacía.

 Abrieron la puerta y se puso de pie. Me miró con una extraña fijeza:

—Es su primera vez, ¿verdad? —Yo era su abogado. Solo le había visto en dos ocasiones,  pero mi inexperiencia era palpable a varios kilómetros a la redonda.

—Sí —contesté casi sin voz. Carraspeé. — ¡Sí! —repetí con un grito casi grotesco.

—Para mí también —sonrió el preso.

Después se dirigió al vigilante.

—La carta, ¿se ha enviado? Es importante, acabo de aprender a escribir.

—Por supuesto, a la dirección que usted señaló. —dijo con esa especie de orgullo que tienen las personas con poder para satisfacer últimas voluntades.

—¿Certificada y con acuse de recibo?

—Yo..., no sabría decir… —respondió nervioso sin terminar la frase. El preso volvió a reír. Aquel juego parecía divertirle.

"Parece controlar la situación, a pesar de todo". Mi mente rumiaba cada macabro detalle. Cuando nos dejaron unos momentos a solas antes de subir, me contó lo mucho que le dolían las articulaciones debido a la humedad y a la artritis reumatoide que seguía su avance a pesar de los antiinflamatorios que le suministraban. Asentí impotente. “Le dan medicamentos” me dije para mi mismo; las palabras rechinaron en mi cabeza.

Él hablaba como a chorros, con suspiros y a trompicones. Y esbozando sonrisas. Entre tensos silencios y mis palabras atropelladas.

Esa sonrisa.



Me reuní con su futura viuda en la sala dispuesta en el piso superior. Sus ojos suplicantes pedían por un milagro que no iba a llegar.

Una hora después pasó por nuestro lado una camilla cubierta por una sábana que ocultaba lo que la vista no quería ver, como si al taparlo desapareciera una culpabilidad que nadie iba a asumir. Un médico salió de una habitación con paso ligero. La bata abierta dejaba ver un traje militar con distinciones en la pechera.

—¿Quiere verlo? —le dijo a la mujer sin mirarla. Se quitó el estetoscopio de los oídos y se lo colgó al cuello. Parecía tener prisa.

—¿Ha sufrido?

—¿Realmente quiere saberlo?

Ella arrugó la frente y le miró con furia.

—No lloraré por él, ¿sabe? Me lo hizo prometer…, jamás lloraré por mi marido y tampoco lo harán nuestros hijos, yo me encargaré de ello. —El médico la observó sin comprender, pero tras unos instantes de miradas desafiantes, agachó la cabeza.

Después, se llevaron el cuerpo a la morgue.

No me volví hacia ella; ni siquiera nos despedimos.

No he vuelto a verla.

Han pasado treinta años desde entonces. Ahora conduzco un autobús. Cada día hago el mismo recorrido y me encuentro con la misma gente. Cada día rememoro aquella sonrisa. Esa mueca firme e imperturbable que habrá de acompañarme a lo largo de la vida.

  

miércoles, 3 de mayo de 2017

CINE: EL MAQUINISTA DE LA GENERAL.


EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (1927)

Clyde Bruckman y Buster Keaton (1894-1955, 1895-1966)





Buster Keaton (“Pamplinas” o “Cara de palo”), creció en una familia de artistas. Tras la guerra rueda una serie de cortos producidos por la Paramount. “Rivalizará” con Chaplin sobre todo en Pasión y boda de Pamplinas, y realizará una serie de largometrajes en los que sobresaldrá El maquinista de La General, aunque también hay que destacar El navegante, El héroe del río o El moderno Sherlock Holmes. Con la aparición del sonoro, Keaton dejará prácticamente el cine, pero todavía le veremos en breves apariciones como por ejemplo en El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder o Candilejas de Charles Chaplin.




Se dice que Buster Keaton fue un poeta de la comedia muda. Fue actor, guionista y director de sus películas y también un precursor por el uso que hizo del cine para recrear sus historias. Y es que, no nos engañemos, señores, aquí no había trampas ni trucos digitales. Nos encontramos con escenarios reales, con un hombre haciendo acrobacias inverosímiles y nada simuladas subido a una máquina; todo rodado en largas secuencias para demostrar la verdad de su arte. Su cara aparentemente inexpresiva al hacer frente a transportes monumentales como trenes, barcos, etc., en sus películas fue parte de su sello de identidad. Pero hay que decir que esos enormes ojos también transmitían tal decisión, intrepidez y arrojo a la hora de hacerlo, que resultaba enternecedor. Y eso que nunca sonreía ni apelaba al sentimentalismo.




El maquinista de La General está ambientada en la guerra de Secesión americana. El personaje de Buster Keaton, Johnny Gray, no puede alistarse en el ejército ya que tiene que conducir un tren para la Confederación (su General). Los problemas comienzan cuando un grupo de soldados del Norte roba el tren con su amada Annabelle a bordo. Es entonces, cuando Gray, inicia en solitario la persecución de estos soldados para recuperar sus dos amores: La General y la chica. La situación, en sí absurda, resulta delirante. En la primera parte de la cinta se narra esta persecución y en la segunda  se describe la huida de Gray junto con Annabelle hacia su ciudad, donde tras una serie de carambolas es aclamado como un héroe.

La historia es una sucesión continua de gags memorables, acción y aventuras. Recrea la época de una manera espléndida, tiene suspense y una belleza visual impresionante; también una minuciosidad técnica impensable para la época. El personaje de Keaton siempre logra salir airoso de cualquier situación inverosímil gracias a sus habilidades, ingenio y recursos.




Con un ritmo que no cesa, asistimos a momentos inolvidables: la escena en la que un tren cae de un puente es espectacular, las continuas carreras que realiza Keaton a lo largo de la máquina mientras realiza todo tipo de tareas arriesgadas, son de quitarse el sombrero. En cuanto a la parte cómica, es casi imposible quedarse con un momento, aunque a mí me resultaron especialmente desternillantes: la parte de la huída de la pareja por el bosque en el se encuentran con todo tipo de obstáculos, desde un oso, un cepo y hasta un rayo que casi les cae encima; o cuando el protagonista tiene que manejar un cañón que acaba apuntándole a él.

Es una película intemporal, tremendamente divertida y elegante. Mezcla aventura y humor de una forma soberbia, y es un prodigio de ingenio y sabiduría cinematográfica por esa capacidad de darle a la película una velocidad increible, y por saber encadenar escenas como si de una sola toma se tratase.

A falta de que algún canal de televisión se le ocurriera (¡no por Dios, estamos locos!) programar alguna vez este tipo de películas para que otras generaciones y todo tipo de público las pudiera disfrutar, siempre nos quedará Youtube.