lunes, 16 de octubre de 2017

RELATO: DESARRAIGADO.






"Tú eras mi mejor aspirante, tú eras mi mejor aspirante, tú..." Se me ha metido la matraca en la cabeza. Estoy en el despacho de mi padre. He venido entre ausente y descolocado a darle el último sablazo. Todavía no se lo he contado, pero lo intuye y se lo noto en la mirada. Esa mirada impertérrita que ahora muta y aparece incrédula y odiosa.

Antes de que yo hable mi padre coge la palabra. Habla con esa parsimonia tan desasosegante característica en él; lo mismo puede decirte que le lleves una aspirina o que te va a pegar un tiro si no le dejas hablar. Pero es que a mí ya no me convence, es la misma cantinela de siempre.

Recuerdo cuando era un chaval y acababa de salir de la universidad, recién licenciado en derecho. Ya por entonces me hice una idea cuando me dijo: “hijo, especialízate en derecho penal”. Lo hice; y también en derecho fiscal. De niño me había sentado en sus rodillas intentando explicarme sus propósitos, no lo entendí, o no quise entenderlo. Para mí fue como un cuento de terror que un padre cuenta a su hijo, pero sin filtros.

Después, cuando estaba en la veintena, se dejó de tonterías y me miró a la cara desafiante: pretendía que le acompañara en su vida, en su huída hacia adelante con sus dislates pseudomafiosos. Y encima lo hacía mal, acababa siendo siempre la cabeza de turco perfecta. No sé cuantas veces ha estado en la cárcel. Ha tenido una suerte relativa, siempre ha sido por temas económicos, nunca por los muertos que lleva a sus espaldas y que ya le hacen encorvarse más de la cuenta.

Recuerdo la vez que le defendí, cuando aún pensaba en sus tretas como algo banal y no más allá de algún fraude tributario. Fue mi puesta de largo triunfal; salieron a relucir todos sus disparates. En el juicio me machacaron como a una cucaracha. Mi padre me había contado de la media, la mitad. Fue mi principio y mi final como abogado. Y es que, ¿quién se puede imaginar que tu progenitor está metido hasta el cuello? ¿En qué cuento de hadas andaba yo metido?

A partir de entonces intenté seguirle el juego. Pero ahora es diferente. He tenido que hacer algo. Si seguía haciendo caso a su historia de que la familia es la familia y todas esas chorradas, el que acabaría en el trullo iba a ser yo, pero por gilipollas. He estado haciendo mis pesquisas, he recopilado mucha información y  tengo algo importarle que contarle.

"Tú, el idealista", me suelta. “Qué capullo” pienso. Él sigue con su sermón del tres al cuarto: “No estás en esta realidad. Ese mundo que te has construido en tu cabeza no existe; los buenos como tú nunca ganan. Para ser alguien tienes que actuar así. La vida me ha dado muchos golpes, ¿sabes? He tenido que responder a sus zarpazos. ¿Qué hubiera sido de mí si no? ¿Qué hubiera sido de vosotros?”. Dios, no se da cuenta que ya no me afecta su psicología de mercadillo. Antes me dejaba embobado, ahora le contemplo asqueado.

Pero antes de que pueda responderle algo pasa: alguien se desliza por la cortina. Mi padre hace un chasquido con los dedos y un movimiento con la cabeza. Después, un objeto contundente golpea mi cabeza y voy directo al suelo. Un charco de sangre aumenta por momentos. Creo que estoy muerto. No sé si me ha dado tiempo a decírselo: "Es tarde, papá, he mandado la documentación al fisc..."

Oigo un ruidito, casi imperceptible, rallando el suelo. Una mano rodea mi silueta tumbada. Con una tiza. ¿Qué antiguo, no?


miércoles, 11 de octubre de 2017

CINE: LOS SOBORNADOS de FRITZ LANG.


Última película dedicada a Fritz Lang (de momento). Me ha costado muchísimo elegir entre dos o tres películas realizadas por este soberbio director que son muy representativas del cine negro de los años cincuenta en Estados Unidos. Me he decantado por esta obra maestra del crimen y la corrupción que es “Los sobornados”.



LOS SOBORNADOS (1952)

Fritz Lang (Viena, 1890- California, 1976)




Se oye un disparo. Un hombre cae sobre la mesa de su despacho. Se acaba de suicidar. Su mujer baja las escaleras asustada y sin entender pero, tras observar unos papeles que su marido había dejado como legado, su cara se torna maquiavélica y enseguida realiza una llamada telefónica.

Este es el arranque de este tenso, turbador y magnífico ejemplar de cine negro en estado puro que realizó Fritz Lang en su etapa estadounidense. Después de crear en Alemania las muestras más arquetípicas del expresionismo, Lang huye a Hollywood incapaz de trabajar para los nazis. Allí, sin dejar del todo atrás su sello de identidad, hace una mezcla de cine criminal y expresionismo realizando obras notables y obras maestras en este género.



Otra vez nos encontramos con el hombre como individuo enfrentado a poderes superiores, organizaciones corruptas a las que le es muy difícil oponerse, y que le harán vivir siniestras pesadillas y también el horror de tener que perder por el camino la esencia, aquello que es vital para su existencia.



El policía Dave Bannion (Glenn Ford) es un hombre que lleva una vida feliz, casi idílica, con su mujer e hija. Es el encargado del caso del suicidio del policía Tom Duncan. Solo le hace falta tirar un poco del hilo para que, en solitario, se vaya acercando a la verdad del asunto y empiece a ser testigo de la corrupción que se esconde tras esta muerte organizada por empresarios como Mike Lagana (Alexander Scourby) que mueven los hilos de la ciudad a través de asociaciones criminales. No solo eso, sino que sentirá en sus propias carnes el lodo del que están embarrados todos los estamentos públicos, desde el más alto hasta el más bajo. Es cuando su vida experimenta un giro perverso.



Es vigilado, perseguido, suspendido… y finalmente llevado a la obsesión de venganza cuando una bomba implantada en su coche que iba destina a él, acaba con la vida de su mujer Kattie (Jocelyn Brando). En este recorrido hacia la revancha, conocerá a Debby (Gloria Grahame), una mujer que ha sido ultrajada por su novio gangster Vince (un joven Lee Marvin), que será clave a la hora de tener que “apretar” el gatillo ante la incapacidad de Bannion para matar a sangre fría. Será la redención de la femme fatale (una tremenda transformación la que sufre este personaje a lo largo de la película; poco nuevo se puede decir ya de la magnífica Gloria Grahame), que cobra una importancia vital en la historia. Ante la ambigüedad moral que siente el policía, ella decidirá y finiquitará.


Una película precisa, directa, con un brillante e ingenioso guión de Sydney Boehm (adaptación de una novela de William P. McGivern); incisivo e irónico por momentos, es de esos en los que los actores (fenomenales todos) clavan sus frases. “Estar aquí sentada pensando resulta muy duro para alguien que no está acostumbrado a pensar en nada”, le dice una desgarradora Debbie a un desolado Bannion.

El legado expresionista de Lang se muestra en los múltiples escenarios en los que se desarrolla la historia: la lujosa casa de los Duncan, la rancia mansión del mafioso Lagana, la sencilla casa familiar de Bannion, etc.


Sobria dirección de Lang, sin parches o escenas que sobren, todo tiene su lógica en la película. Una  concisión, por cierto, difícil de ver en el cine moderno. También tiene dos o tres secuencias impactantes, inesperadas, violentas y emocionales. Un cine que nos trae de nuevo a la actualidad y a la sensación de que pocas cosas cambian, de que la sociedad tiene una parte podrida que nunca parece descomponerse porque sigue nutriéndose de las fuentes de poder, esas que no sueltan lastre porque no quieren o no les interesa.

TRAILER de la película:



jueves, 5 de octubre de 2017

RELATO: PATATAS Y GUISANTES.







A Sagrario no le interesan los misterios de la vida. Ella se dedica a pelar patatas. Todos los días se levanta más o menos a la misma hora, no sabría decir cuál ya que no tiene relojes en casa, y tras un frugal desayuno, se sienta en el banco que está a la entrada de su casa. Facundo no tarda en llegar del patatal con su primera carretilla, saluda a Sagrario con un movimiento de mentón y descarga las patatas en el suelo.

Ella comienza con su tarea de pelarlas. Tiene su rutina, no es tan sencillo como parece. Cada vez que pela una patata, limpia el cuchillo en una cazuela de agua que va reponiendo al poco, para que no se acumule demasiado barro en él. Intenta que el grosor de la peladura sea el mínimo posible para aprovechar al máximo el producto. Una vez peladas, las echa a un barreño con agua para que no se oxiden. 

A medida que avanza la mañana, los vecinos van acudiendo a la casa de Sagrario a por su ración de tubérculos. Su vivienda es la más visitada, ya que la patata es un artículo de primera necesidad y es utilizado en casi todas las recetas de la localidad de Retuécanos. Sagrario tiene una mañana muy ajetreada pelando y limpiando patatas hasta la hora de la comida, cuando la cosa comienza a relajarse. Entonces ella puede realizar sus quehaceres.

Antonio ha limpiado ya sus puerros. Les hace un corte en cruz, y les quita toda la porquería que se mete entre los capas. Sagrario le coge tres. Solo le falta la calabaza, que se la proporciona Asun. Ya tiene lo necesario para realizar una buena porrusalda. Pero aún queda un pequeño capricho: el postre. Sagrario no puede evitar una sonrisa al ver las manos negruzcas de Vicente consecuencia de quitarle el capuchón a las nueces.

Normalmente se hace su puchero para dos o tres días, come y pasa una tarde tranquila al fresco, sola o acompañada de otros vecinos.

Pero hoy es el enésimo día que algo le pica y no sabe cómo rascarse. Ha estado observando a Paco escondida detrás de la cortina de la cocina, para que él no se percatara de su indiscreción. Paco se encarga de pelar guisantes, lo hace a una velocidad de infarto, es una tarea que parece gustarle. Sin embargo, los guisantes no parecen ser una predilección en la localidad. Tiene a su lado un montón de bolitas verdes que le doblan en altura, y ya empiezan a pudrirse. Nadie parece darse cuenta. No, pero ella sabe que no es una cuestión de gustos, los guisantes son exquisitos. Es por el carácter huraño de Paco, porque es un cascarrabias. Un día comenzó a poner mala cara cuando la gente “escogía” los guisantes, cuando los manoseaban demasiado o no se llevaban los suficientes. Siempre ha sido muy solitario, pero esa mezcla de rabia y orgullo mal entendido le van a matar de hambre. Sagrario decide que tiene que actuar.

A la mañana siguiente, antes de ponerse con sus patatas, se acerca a la casa de Paco. Él la mira de refilón, ella le sonríe. Le recuerda un poco a su difunto marido, aunque este era más enérgico y se dedicaba a recoger peras. Le pide dos kilos de guisantes a su vecino y él la mira asombrado, se pregunta qué piensa cocinar con tantas “aceitunitas”. Pero se los da, tiene de sobra. Al marcharse, Sagrario le recuerda que tiene que ir a recoger su asignación de patatas, que no se olvide. Él asiente taciturno.

Ese día, cuando los habitantes del pueblo se acercan a por sus patatas, ella les obsequia con unos gramos de guisantes. Les recuerda sus propiedades, sus diferentes utilidades, su delicioso sabor. Les invita a ir al sitio de Paco a por más, ellos gruñen una queja. Pero Sagrario alude al momento en que se inició aquella historia en el pueblo, cuales son sus reglas no escritas, y sobre todo, la cláusula por la cual, nadie puede ser excluido salvo por comisión de delitos o faltas que afecten a la comunidad. Nada de eso ha pasado, ellos tienen que admitirlo.  

Así que a media mañana justo en el momento en que Sagrario se levanta para estirar las piernas, observa satisfecha que Paco se ha quedado sin guisantes. Ahora viene lo más violento para él: tiene que ir a por sus comestibles.  Empieza por lo más fácil, las patatas de Sagrario. Una hora después, Paco regresa con su carrito repleto de comida, anda con prisa, como si tuviera pensado  lo que se va a preparar y quisiera hacerlo antes de que la idea se le vuele de la cabeza.

Por la tarde, después de una pequeña siesta, Sagrario sale a la calle y se sienta en un banco de la plaza. Poco a poco irá viniendo más gente ya que se ha quedado una tarde soleada maravillosa. Pero antes de que esto suceda, Paco cierra la puerta de su casa y se encamina, ya más relajado, a la reunión. Se queda de pie, sin decir nada, ligeramente apoyado en el banco donde está ella.

Los vecinos, vendrán, hablarán de sus cosas, historias sin trascendencia, sonreirán, debatirán…, pero Paco y Sagrario están en silencio, escuchando con atención. No sabemos muy bien si están atendiendo a los contertulios, o si están al tanto a algo que les dice su alma, a algo que les revolotea por dentro pero a lo que todavía no le han puesto nombre.


domingo, 1 de octubre de 2017

CINE: M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF de FRITZ LANG


Seguimos con el ciclo dedicado a Fritz Lang. Todavía nos movemos por el expresionismo alemán pero nos adentramos ya en los inicios del sonoro. Como no podía ser de otra manera, con esta película Lang fue también un pionero en el uso que hizo del cine.



M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF (1931)

Fritz Lang (Viena, 1890- California, 1976)




Este thriller alemán titulado M, el vampiro de Düsseldorf, no es una película de vampiros, primera cuestión a aclarar para los que no estén familiarizados con la película. Pero aunque no es de terror, la inquietud que produjo su estreno nos indica una vez más las líneas que había cruzado Fritz Lang (en el buen sentido) en sus ansias de ofrecernos cosas nuevas y fascinantes. No olvidemos que en estos años y con la aparición del sonido, los musicales hollywoodienses  y las obras teatrales estaban en boga. Y supongo que intentar plasmar en el cine y en esa época, la historia de un asesino en serie de niñas, no fue fácil. Por eso no nos podemos quedar con esta idea, hay que ver la película.



Fritz Lang había acabado con Metrópolis su etapa de cine mudo (no con mucho éxito, todo hay que decirlo) y quería volver a recuperar ese prestigio perdido. Aún así el director optó por una película poco usual, que nos muestra una ciudad alemana aterrorizada por un asesino en serie que todavía no ha sido capturado.

Lang y su esposa Thea von Harbou, van intercalando escenas de la vida cotidiana del asesino Franz Becker (una interpretación de Peter Lorre que merece mención aparte) y de los familiares, con la frenética labor policial dirigida por el agente Fatty, (interpretado por Otto Wernicke), presionado por el político de turno, en sus pesquisas para encontrar al asesino. A esta tarea de acorralamiento, se unen las organizaciones criminales de la ciudad, ya que los registros y redadas que realiza la policía no favorecen sus negocios. Así que deciden “contratar” a los mendigos para que controlen y vigilen la localidad con el fin de dar con el homicida.



La película tiene varios aspectos a destacar: la utilización de los reflejos y las sombras de una manera soberbia; los títulos de crédito de estética expresionista; un breve plano-secuencia que comienza en la calle para acabar en la habitación de la organización mafiosa; los símbolos, como el globo que Franz Beckert compra a una niña y que acaba volando en el aire; el momento en que un criminal le marca con tiza a Beckert la letra M en la chaqueta, pasando de ser cazador a ser presa; la música, ese silbido inconfundible de Beckert de la melodía “En la gruta del rey de las montañas” de Edvard Grieg cuando se acerca a cada una de las muchachas. Y muchos más.



Al final la sociedad de criminales logra capturarle y le llevan a un juicio paralelo por los actos cometidos con un jurado compuesto por los familiares de las víctimas. Le sentencian a muerte. El suspense radica en saber si la policía llegará a tiempo de “salvarle”.



En una de las escenas finales, un hombre alega desesperado que no es consciente de sus actos, que escucha voces que le dicen lo que tiene que hacer, que no puede reprimir sus impulsos, que es víctima de su compulsión. El no puede evitarlo, a diferencia de sus captores, que son delincuentes a sabiendas de que lo son. Lo expresa de tal manera, que por un momento está a punto de convencernos, de que nos posicionemos a favor de él.  Es lo que logra Peter Lorre con su insuperable y magistral interpretación. Hará que sus ojos tremendos y expresivos se nos queden gravados por unos días.



“Se han dicho tantas cosas sobre M… y sigue haciéndose…Cuando un filme sobrevive durante tanto tiempo, quizá tengamos derecho a calificarlo de obra de arte”

TRAILER de la película (doblada al español):


lunes, 25 de septiembre de 2017

RELATO: UN HOMBRE NUEVO




Fermín observa el edificio de seis pisos sin ascensor. En el tercero un señor se asoma al balcón sin camiseta y en calzoncillos. Aunque a él no le gusta ser prejuzgado ni hacerse ideas equivocadas de los demás antes de tiempo, se pregunta cuál será la estadística en ese barrio en cuanto a lectores de ficción mayores de cuarenta años, o al menos aficionados a los grandes temas de la historia y la naturaleza. Vaya mierda de pensamiento, seguro que esa estadística ni siquiera se ha hecho nunca. Y además, no tiene sentido cavilar ni elucubrar, va a tenerse que hacer los seis pisos con el maletín a cuestas, sí o sí.

Estamos en los años ochenta. Todavía el libro electrónico ni siquiera es una idea en la mente brillante de algún lumbrera, internet es un embrión del que solo se han hecho pruebas a nivel militar, y Wikipedia, esa herramienta a veces poco fiable pero muy agradecida, en fin… tampoco merece la pena ni aludir a ella en estos momentos. Si Fermín supiera, a sus treinta primaveras, que estas historias serán un boom unos cuantos años después, se “rasgaría las vestiduras” y acabaría como el señor del tercero.

Son las doce del mediodía y ya ha estado en dos barrios. Desde que encontró ese peculiar trabajo basura ochentero de vendedor de enciclopedias puerta por puerta, ha sufrido las denigraciones más absolutas como ser humano: insultos, portazos, malentendidos… El caso es que no ha vendido una mísera colección desde que comenzó el curro hace dos semanas, pero parece ser que hubo una vez que alguien lo hizo, no es una leyenda urbana, por eso siguen contratando al personal. Por cierto, muy barato les debe de salir. 

Tiene que llevar siempre traje con corbata, aunque el tiempo augure cuarenta grados a la sombra, como es el caso de ese trece de julio en la localidad de Retuécanos. Ha estado media hora en el portal dale que te pego a los telefonillos y nada. Al final ha entrado con el cartero, que tiene llaves. Se ha sentado en un escalón antes de subir. Una mirada rápida a la axila le recuerda que el ronchón de sudor sigue incrementándose y con ello un olor entre agrio y rancio. Tiene desodorante, pero eso no hará más que incrementar más el hedor  y acabará mareado con la combinación.

En los tres pisos que sube a continuación, se encuentra con los siguientes escenarios:

La señora del 1ºC: le ha abierto con un bebé en brazos, le ha lanzado una escrutadora mirada de arriba abajo con una mueca de asco, y ha cerrado de un portazo sin decir una palabra.

Una anciana en el 1ºD:

—¿Es usted testigo? El otro día vinieron unos chicos muy majos, pero mi hija me ha prohibido que hable con ustedes…

—No se preocupe señora.

Pero la mujer sigue mirándole con pena mientras llama al 1ºE. Se oye una voz grave al otro lado:

—¿Quién es?

—Buenos días señor, soy de la Esfera de Lectores…

—Aquí no leemos, lárguese.

La mujer del 1ºD sigue contemplándole mientras sube de forma cansina las escaleras que le llevaran al segundo piso. En el giro del rellano, Fermín vuelve la cabeza por si sigue ahí. Ella le saluda con la mano en una desgarradora despedida que parece desearle suerte más allá, en el infierno.

Está en el tercero, y ya siente nauseas. Y tiene la cabeza abotargada. Es una mezcla de calor y desidia. O amargura y desencanto. O lo que puede ser peor: furia y rabia retenida en el estómago. Nunca ha tenido estos síntomas tan temprano. Suele aguantar hasta las seis de la tarde, cuando se mete en el coche, se cierra herméticamente, y expulsa los fantasmas del día en forma de rugido desgarrador.

Llama al 3ºD y, tras una prolongada espera enfrente del felpudo mugriento en el que cree leer malvenido, el señor del torso desnudo y calzoncillos abanderado color blanco (roto), le abre y le saluda con un sonoro eructo que hace temblar el edificio.

—Buenas señor…

—¿Qué quieres?

—Vendo enciclopedias. —No quiere alargarse demasiado en las explicaciones. Se va a ir de vacío y lo sabe. Solo tiene que esperar a que el otro de por zanjado el asunto con algún desaire más.

El hombre es como una estatua, un bloque de hormigón sin sentimientos. Tiene aires de psicópata. A Fermín esta escena congelada empieza a darle repelús.

Pero de repente el otro se mueve, bueno es su cabeza la que se pone en movimiento. Se acerca poco a poco a la oreja del vendedor que está bloqueado sin saber por qué. “Laaargo” le susurra el tío al oído. Y acto seguido ocurre algo anormal, extravagante si no fuera doloroso. Le muerde el lóbulo de la oreja. Fermín aúlla de dolor.

Se palpa la zona y ve que está sangrando, aunque la oreja parece intacta y entera. Se encoge del sufrimiento, se da la vuelta y echa a correr. A lo lejos se escucha una carcajada y el estruendo de la puerta al cerrarse de golpe.

Se sienta en un escalón en el portal. Está llorando, de rabia y de dolor. Saca un pañuelo de tela del maletín y se hace una especie de vendaje en la oreja. Ahora no oye nada por el oído izquierdo.

Pasan cinco minutos, diez, media hora. Nadie entra en el portal. Debe ser ya la hora de la comida. No sabe que hacer, no puede quedarse allí pero tampoco puede levantarse, algo se lo impide, algo que no ha acabado, una especie de herida en el alma que tiene que cerrarse porque si no, no podrá continuar con su vida.

Y entonces se le enciende la farola, ha visto algo en el maletín cuando ha sacado el pañuelo, algo que antes ha pasado desapercibido pero que ahora le hace materializar una idea. Es un objeto negro, con una forma inconfundible; algo que todos conocemos.

Abre el maletín y lo saca. Comienza a correr escaleras arriba antes de que la cabeza vuelva a funcionar de forma coherente y le haga arrepentirse. En unos segundos llega al 3ºD. Llama cinco veces al timbre. Alguien gruñe y se abre la puerta.

—¡Qué cojon…!

Fermín está apuntando al tío de los calzoncillos con una pistola. Le apunta a la cabeza. La mano le tiembla pero, incomprensiblemente, se siente sereno:

—¡Adentro!

Cierra tras él. La casa es una pocilga. Huele a mierda y a lentejas quemadas.

—¿Qué quiere de mí? Por el amor de Dios, ha sido todo una broma. —El hombre ha levantado las manos sin que nadie se lo pidiera y ha disminuido veinte centímetros de golpe.

A Fermín se le han caído al suelo los papeles que ha sacado del puto maletín, los recoge y tras barrer con una mano las porquerías de la mesa del salón, los deposita sobre ella.

—Vamos rellene los formularios. Y no se olvide de los datos bancarios. Y no los falsee que los comprobaré. Después, marque con una cruz los artículos que le voy a mencionar. Quiero que se suscriba a todas nuestras enciclopedias y coleccionables.

—¡Cómo! ¡Señor, yo no tengo tanto dinero!

La revolución rusa de 1917; La guerra civil para jóvenes; Cómo parecer culto ante sus amigos…

Pero…

Aprender a tocar la guitarra en treinta días; Diferentes especies de setas en la Cornisa Cantábrica; Manual de buenos modales (de este no se olvide, por favor)…



Fermín se siente satisfecho, casi orgulloso. Va hacia el coche con andar desgarbado, ya nada puede afectarle. No escucha sonido alguno, tan solo el frufrú de sus pantalones, tan anchos, que las patas se rozan al andar.

Está enfrente del vehículo. Se fija en algo que antes le ha producido una ira desmedida; ahora no puede más que sonreír. Es una cagada de paloma que antes ha intentado quitar con el limpiaparabrisas creando un manchurrón asqueroso en la luna delantera.

Se quita el pañuelo de la oreja, ya no sangra. Saca la pistola del bolsillo de la chaqueta y la acerca al cristal. Aprieta el gatillo. Un chorro de agua hace una curva perfecta y se estampa contra la zona manchada. Coge el pañuelo manchado de sangre y comienza a limpiar; no va a ser una buena idea.

Pero sonríe y piensa en su hijo pequeño. Y en su inconsciencia al depositar en su maletín la pistola de juguete. Esa inconsciencia que ahora le hace ser un  hombre nuevo.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

CINE: METRÓPOLIS de FRITZ LANG


Fritz Lang fue un excelente director de origen austriaco que pasó por varias etapas en su cine, desde el mudo al sonoro. Hoy con Metrópolis inicio un pequeño ciclo para comentar tres de sus películas más representativas en distintas épocas.






METRÓPOLIS (1927)

Fritz Lang (Viena, 1890- California, 1976)

 El director de cine austriaco Fritz Lang tiene una variada y prolífica carrera en el cine. Comenzó con sus inicios en el cine mudo y su etapa expresionista, y terminó siendo uno de los directores principales del cine negro norteamericano de los años cuarenta-cincuenta. A pesar de esta aparente ruptura en su cine, Lang siempre intentó plasmar un tema recurrente en sus historias independientemente de su género: el individuo que es amenazado por fuerzas, poderes o sociedades secretas que le persiguen y a las que tiene que sobrevivir.


Tras Las tres luces y El doctor Mabuse, Fritz Lang rueda junto a su mujer, Thea von Harbour, su obra mas representativa de la etapa expresionista alemana: Metrópolis; un rodaje de diecisiete meses y uno de los proyectos más caros del estudio alemán UFA con un presupuesto de ocho millones de marcos. Aunque la película está ambientada en el año 2.000 y se encuadra dentro del género de la ciencia ficción, tiene como trasfondo la desigualdad de clases, una crítica a la alienación del ser humano que suponía el trabajo con máquinas desde la Revolución Industrial, y la explotación casi esclavista de las personas que vivían hacinadas y apartadas. En la cinta esto se traduce en “La ciudad de los obreros” que está ubicada en el subsuelo o catacumbas de la metrópolis. Los ricos viven en la superficie y tienen una vida plácida en los llamados “Jardines eternos”. Un día, Freder, el hijo del dueño, se enamora de una mujer pobre que está rodeada de niños hambrientos. La persigue hasta las cloacas donde se da cuenta del sufrimiento al que están sometidos los trabajadores que son animados por la mujer de la que se ha enamorado, María, en reuniones secretas. Esta especie de “santa” insta a los desesperados a que esperen al mediador que les salvará de su desolación.


El padre de Freder, sospechando que hay una revolución en marcha, encarga a un inventor la realización de un ser-máquina o androide con el rostro de María para que siembre la discordia entre los obreros. Finalmente el caos se adueña de la ciudad y “La ciudad de los obreros” sufre una inundación. Freder y la verdadera María logran evitar el desastre rescatando a todos los niños de la catástrofe. El happy end es muy simplista: el padre de Freder entra en razón y ofrece su mano a los trabajadores para lograr un entendimiento. Esta ambigüedad en el final se puede deber a los distintas ideologías que profesaba el matrimonio artífice del guión (Fritz Lang con unas ideas de izquierdas, huyó de la Alemania nazi y después fue objetivo de la Caza de Brujas provocada por el senador MacCarthy hacia sospechosos comunistas, sin embargo su esposa, Thea Von Harbou, se quedó en Alemania y colaboró con los nazis).



Las interpretaciones son bastante excesivas (sobre todo la del actor protagonista, Gustav Fröhlich)  o exageradas, encantadoramente exageradas diría yo, y que eran típicas en el cine mudo en un intento de suplir la falta de sonido con expresividad. Pero hay que subrayar algunas fascinantes como la del inventor, Rudolf Klein-Rogge, la del dueño de la ciudad, Alfred Abel, o la de la maravillosa protagonista principal, Brigitte Helm, en su doble papel de santa justiciera y de androide-fatal.


Aunque la versión corta fue la más conocida, hoy en día ha sido restaurada gracias a una copia encontrada en Argentina y llega casi a las dos horas y media de duración (es la que más se acerca a la visión que tenía inicialmente Fritz Lang).

La película mezcla elementos del futuro con otros medievales o de la antigüedad (quema en la pira, el antiguo dios Moloch, etc). Los escenarios son espectaculares para la época con momentos impresionantes, como el de la inundación. También es de subrayar la cantidad de extras que intervinieron y que se mueven en una coreografía perfecta en sus jornadas laborales, diarias e interminables.



Una cinta muy polémica en su época, con ciertas dosis de sexualidad y violencia que fue un fracaso comercial, pero que hoy en día es un redescubrimiento insólito. Una película muy visual que cuenta con imágenes muy potentes. Hay que valorar de nuevo las intenciones y los grandiosos esfuerzos de aquellas personas por hacer ilusión y magia de ese cine en sus inicios y además conseguirlo. Un filme con una factura impecable y revolucionaria en muchos aspectos.

TRAILER de la película:


viernes, 15 de septiembre de 2017

RELATO: NADA








Deberías apagar la televisión, sí deberías. Llevas como una media hora frente a ella sin ni siquiera observar las imágenes, y mucho menos sin escuchar lo que se masculla en sus entrañas. Realmente no te interesa, estás tirada en el sofá, malgastando el tiempo. La casa está hecha una mierda hace días, pero ni eso va a hacer que te levantes para seguir con el biorritmo que te marca la vida: lunes polvo, miércoles lavadora, viernes barrer y fregar el suelo, y tal. Hoy es lunes, así que una segunda capa de polvo se irá depositando encima de la primera y entonces sí, el musgo blanquecino irá inmiscuyéndose entre los libros, figuritas y demás cachivaches. También te dijiste a ti misma a comienzo de año, que después de la jornada laboral, irías a dar un paseo por la playa con el perro; ese mismo que está ahora tumbado como un ceporro en su mantita adornada con huesos de colores, moviendo las orejas y emitiendo balbuceos a consecuencia de sus transcendentes sueños perrunos.

Empiezas a hacer dibujitos imaginarios con el papel de la pared, entrecierras los ojos y sigues con un dedo los arabescos. No te habías dado cuenta hasta ahora, pero entre dos flores se puede ver un pájaro de perfil perfectamente, con su ojo y su pico, aunque le faltan las patas ¿o garras? Imaginas que les perfilas unas, primero el rabito vertical y luego tres rayitas saliendo de él, el típico pie de pájaro.

De pronto te fijas en tu postura en el sofá. Te has dejado caer y estás tirada tal cual has caído, una pierna flexionada con el pie apoyado en el suelo, la otra pierna sobre el chaise longue, la espalda en una curvatura extraña por el cojín que tiene debajo y la cabeza apoyada contra el respaldo; una posición muy proclive para contracturas. Sonríes, ¿una contractura más? Al menos estás relativamente relajada.

En un momento dado solo escuchas dos respiraciones: la tuya y la del perro. Parecen acompasadas, primero inspira él y luego tú, están sincronizadas en un ritmo perfecto.

Tus pensamientos van a lo supuestamente capital: has cavilado durante dos segundos que podrías llamarle, que podrías volver a disculparte por algo que no sabes muy bien qué es, ¿tu forma de ser? Decirle que todo va a ser como antes, que le quieres, que le amas con todo tu ser, que esas historias son cosas del pasado. En ese tiempo mínimo, realmente has imaginado que puede suceder, que todo puede cambiar a mejor, que solo hay que proponérselo.

Y una mierda…

No le llamarás, no te disculparás, no le dirás que todo va a ser como antes, no le dirás que le quieres, sencillamente porque es imposible. En ese momento podría estar coqueteando de nuevo con su compañera de trabajo, esa de la que habla maravillas; ni siquiera disimula, joder. E incluso todo podría ir aún más lejos. Después de una mirada cómplice podrían estar esperándose el uno al otro a la salida del trabajo, cogerían juntos el coche de él, no el de ella, es más seguro. Podrían ir a un hotel con esa batalla de sentimientos en los que ganaría por fin las ganas, la excitación, el sentir de nuevo “eso”. Pasarían la tarde juntos en una cama desconocida que en nada les recordaría a sus rutinarias vidas. Después saldrían de allí con prisas, con esa mezcla de confusión e irrealidad que da hacer algo supuestamente prohibido.

Te lo imaginas todo, incluso con detalles, te dices a ti misma si no será algo morboso e incluso retorcido. Pero lo que te ha hecho llegar a esa situación, a esos pensamientos que podrían calificarse de perturbadores, ha sido precisamente tu falta de sentimientos, esos que en otro momento se habrían transformado en odio y resentimiento, hoy ni siquiera te producen una ligera turbación.

Y sigues tumbada en la misma posición. Y sigues mirando la pared como si nada. Y sonríes incluso ante la nueva postura del perro boca arriba con las patas encogidas. Está cómodo. Tú también estás cómoda. Y sonríes ante esta nueva realidad. Y piensas de nuevo en él (por si acaso). Quieres sentir algo, aunque sea algo malo, pero es que ya no te importa. Realmente no te importa nada.