viernes, 23 de febrero de 2018

MICRORRELATOS: PIANISTA BAJO LA LUNA, SER O NO SER, UN CUADRO


PIANISTA BAJO LA LUNA

                                     



Cada vez que ejecutaba una pieza con su teclado de segunda mano se le encogía el corazón. No por la ternura que le producía, sino por la falta de magia, de sonoridad, por la rudeza de las teclas.

Sopesó. Se compró con sus ahorros un piano de cola, clásico.

Midió la estrechez de la calle, y aunque justo, el piano entraba sin sufrir daños.

El transportista le dejó el bello instrumento en la acera. "A partir de aquí es todo suyo". Un amigo y él lo llevaron hasta la puerta, pero ¡ay, imperdonable error de medida!, la angosta entrada de la casa fue infranqueable.

Desesperado ató el piano con un candado a la puerta. Ese día, llorando en la calle, tocó el Canon de Pachelbel más hermoso jamás escuchado. Al día siguiente, los muchachos del barrio lo habían hecho trizas. Era el día de San Juan.





SER O NO SER




Soy existencia incorpórea, bella sin rostro, virtuosa sin proceder. Así le espero y le añoro sin conocerle. No hay día en el que no ruegue al creador que me perfile con trazos reconocibles en una maraña de aventuras confusas. Para que después él, pertrechado con sus característicos atavíos, torpón y enamorado, me lleve a ese inconfundible lugar sin nombre. Al final, nadie dudará del caballero andante, nadie osará llamarle loco, nadie se burlará de sus ideas. Llevo siglos implorando.





UN CUADRO





Siempre asomada a la ventana, como en un cuadro. Salíamos y entrábamos, pero daba igual la hora. Ella seguía ahí,  impertérrita, con sus ojeras añejas, su pelo encrespado, la bata roída y un gato que nunca ronroneaba. Al saludar, sonreía y su cara se desencajaba ante tal desvarío. Parecía soñar. Con otro mundo: pasado, efímero o imaginario. La realidad: una enfermedad devastadora, una ventana sin pintar, unos ojos suplicantes pero un corazón poco dado a implorar. Y la soledad, que por fin había llegado firme y sin piedad.




lunes, 19 de febrero de 2018

RELATO INSPIRADO EN HECHOS REALES.


De mis angustias febriles y del porqué (en parte) del alargamiento de mi ausencia del mundo blogosferil.




UNA MALA ENFERMA





Hace un mes y medio me levanté con un pequeño picor en la garganta, un carraspeo ligeramente incómodo pero llevadero, algo que podía presagiar alguna enfermedad leve, pero en todo caso soportable. Y sin embargo, después de todo este tiempo, estoy en condiciones de afirmar que fue el inicio de una horrorosa pesadilla.

Dicen que las personas sensibles o tendentes al estrés (como es mi caso) tienen el umbral del dolor muy bajo y que asumen pésimamente los malestares físicos que la vida les puede “ofrecer”. Creo que alguien dijo una vez: “Dios mío líbrame de los males físicos, que de los psicológicos ya me encargo yo”. ¡Cuántas veces he pensado en esta frase durante estos interminables días!

El mal, mi mal particular, empezó a extenderse el día después de aquel picor gargantil, taponándome las fosas nasales, impidiendo respirar con normalidad, provocando a partir de ese día mareos, dolores de cabeza y favoreciendo mis migrañas crónicas e insoportables. Migraña: esa bola de fuego instalada en mi cabeza. Vivo con la esperanza de poder lanzarla algún día al espacio sideral. (Últimamente he leído en un foro a un psicólogo que decía: la migraña no es un daño real, hay que empezar a enfrentarse a ella con naturalidad, los medicamentos solo van a perpetuar la sensación de dolor; si fuera posible le regalaría a este señor este daño irreal y sus consecuencias imaginarias de mentes fantasiosas y luego le mandaría a hacer meditación, a ver que tal le va. Sí, señores, he probado todo). Dicho esto, creo que la meditación es un buen remedio en ciertas situaciones, lo creo de verdad.

La fiebre nunca pasó de ser alta, pero en mí, que tiendo a temperaturas “bajas”, causaba unos estragos que solo había experimentado de niña, lo prometo. La febrícula comenzaba con un frío de huesos extremo que las infinitas capas de ropas no lograban mitigar. Dos horas después me levantaba de la cama empapada en sudor.

A pesar de mi alergia congénita a las batas blancas, acudí al médico. “Es que llevo ya como tres semanas…” no hacía más que repetirle. “Habrás encadenado uno tras otro. Hay contagios y recontagios, yo te lo doy y tú me lo devuelves. El invierno viene muy mal, todo el mundo está igual”. Bueno, pues intentando evitar cualquier contacto humano, salvo el necesario para sobrevivir y el obligatorio para malvivir, decidí no salir de casa, cual topo en su madriguera. Dejé de comer apenas por falta de apetito, vomitaba con frecuencia y llegué adelgazar unos tres kilos (teniendo en cuente mi estatura y mi peso, es mucho).

Empecé a pensar que todo aquello era una “anomalía”, síntomas que no tenían que ver unos con otros, un totum revolutum sin ningún sentido, una especie de fallo multiorgánico a pequeña escala. Mi mente empezó a jugarme malas pasadas. Sabía que de eso no me iba a morir, pero ¿y si se hacía crónico de por vida? No hacía nada, no podía concentrarme, ni leer, ni escribir, ni lo mínimo que requiriera estar con la mirada fija en un sitio. ¿Alguien ha tenido la sensación desesperante de no poder hacer nada observando cómo las horas pasan y tu única compañía es un conejo mudo (y sordo, creo) y un zumbido de oídos que atestiguan que las flemas y la congestión siguen ahí? Y lo peor, el dolor. Y no hay nada peor para la mente que los tiempos muertos no buscados, los incapacitantes.

Muchas personas habrán vivido situaciones parecidas este invierno, e incluso más graves, pero para mí este proceso ha sido totalmente desesperante. Y ahí va la sorpresa: ¡Sigo igual! O parecida. Tengo picos, días mejores y peores, pero el alien sigue conmigo. Solo me queda esperar a la primavera y a la subida de temperaturas que espero mitiguen todas estas angustias de mala enferma, y no solo por mí, sino también por los seres que me rodean y cuya salud mental corre serio peligro como esto se perpetúe demasiado.

  

sábado, 25 de noviembre de 2017

CERRADO TEMPORALMENTE

¡Hola a todos!

Temporalmente voy a cerrar el blog para dedicarme a otros menesteres.

Prometo volver pronto con nuevas ideas y fuerzas renovadas.

Un besazo muy grande a todos y ¡felices fiestas! (Ya se que es pronto, pero es que las Navidades cada vez empiezan antes, jeje).



miércoles, 22 de noviembre de 2017

LIBROS: VISITATION STREET- BABILONIA- PECADO.




VISITATION STREET (2013)

Ivy Pochoda (Nueva York, 1976)

Los tres libros que voy a comentar a continuación tienen la peculiar característica de que estaban situados en la estantería dedicada a novela negra o detectivesca y quizá, exceptuando el último, yo no los incluiría en este género (aunque sí que es cierto que tienen elementos de literatura negra pero como de refilón).

Visitation street es la historia de la desaparición de dos adolescentes una noche en la que se embarcan en una balsa de goma intentando atravesar la espesura del mar de Nueva York. Este hecho le sirve de pretexto a la escritora Ivy Pochoda para hablarnos de vidas apartadas y marginadas; de personas que habitan en bloques de pisos en un rincón desolado de la ciudad; de   ambientes “repletos” de vacío existencial, exclusión o aislamiento; de hombres y mujeres con cicatrices invisibles que viven como pueden o sienten.

Y es así como una serie de personajes cansados, desinteresados y al borde de sí mismos, deambulan por las calles de este barrio intentando reescribir su historia: una chica que no soporta la idea de haber sobrevivido a su mejor amiga, un profesor de música que no sabe qué camino escoger, un muchacho negro, cuyo padre acaba de ser asesinado y que no quiere seguir los pasos de otros que acabaron mal, un joven que vuelve al “hogar” y cuya enigmática figura desencadenará historias enterradas pero no olvidadas. Y algunos más. Hay varios misterios que se resolverán al final. Pero repito, la historia es algo más: es el mosaico de vidas en desorden, donde la soledad, como suele ocurrir en estos casos, es el principal protagonista de una novela bonita, a ratos muy emotiva, pausada en el buen sentido, intensa y muy recomendable.


  

BABILONIA (2016)

Yasmina Reza (París, 1959)

 Esta curiosa novela ganó el premio Renaudot 2016 y fue calificada como “Una tragicomedia feroz con toques de thriller”. Me gusta esta definición, pero que nadie se lleve a equívoco con lo de thriller, es una historia bastante intimista y en todo caso sería una especie de thriller doméstico.

La novela tiene una mezcla de géneros muy interesante, pero una de las cosas que más me ha gustado es que a ratos me ha parecido realmente divertida. Aunque hay que avisar que el humor que destila es más bien negro (o azul oscuro) e irónico, algo que no a todo el mundo gusta (a mí me encanta).

Elisabeth es una ingeniera de patentes del Instituto Pasteur, está a punto de jubilarse y vive una época apesadumbrada por la muerte de su madre. Su vida es un tanto rutinaria al lado de su marido Pierre, así que decide organizar una cena con amigos y vecinos, entre ellos el matrimonio Manoscrivi, Jean Lino y Lidie, que serán vitales en el desarrollo de la historia.

La novela está narrada en primera persona y mezcla recuerdos del pasado con momentos del presente de una manera a veces caótica, pero comprensible y deliciosa. A raíz de la fiesta, el tono cambia para volverse cada vez más desenfadado y achispado hasta que un acontecimiento inesperado establece un punto de inflexión en la cotidianeidad de los personajes, que pone todo patas arriba y que es mejor no desvelar.

Una narrativa brillante, desenvuelta y mordaz para describir, una vez más, la soledad, la desorientación o la pérdida del rumbo.




PECADO (2017)

Benjamin Black (Wexford, Irlanda, 1945)

 El escritor John Banville utiliza de nuevo su pseudónimo Benjamin Black para adentrarse en el género negro, pero esta vez dejando de lado a su inigualable protagonista habitual, el patólogo forense Quirke, para presentarnos una nueva serie y al joven inspector Strafford. 

De las tres novelas esta es la que mejor encaja en la literatura de detectives (claro, tratándose el protagonista de un inspector, jeje), pero como siempre que nos adentramos en el mundo  de Benjamin Black, no nos encontramos con la típica investigación del caso en la que la identidad del asesino es el principal escollo.  

Estamos en los años cincuenta. Un cura de pueblo aparece asesinado en la mansión de Ballyglass House (apuñalado y castrado, ejem). Strafford se instalará en este pueblo durante unos días en los que se verá acompañado de los personajes más peculiares y extravagantes.

De nuevo la ambientación, los pensamientos, las relaciones entre los individuos y las particularidades de cada uno, van a ser una constante en el libro. El inspector se sumerge en un mundo de opacidad en el que las personas se le presentan como actores que representan una función teatral.

Strafford aparenta ser frío y poco sensible y de entrada no tiene el carisma del achuchable Quirke, ese triste, solitario y poco convencional patólogo con el que te encariñas enseguida. Pero tiene un punto misterioso y atractivo:



—¿Ha visto usted muchos? Asesinatos y cosas así.

Strafford esbozó una leve sonrisa.

—No hay “cosas así”… El asesinato es único. “



Habrá que esperar a nuevas entregas para hacernos más a la idea, pero aunque para una servidora no está a la altura de la serie anterior, no es una novela para nada desdeñable. Por cierto, ha sido premio RBA de novela policíaca 2017.


jueves, 16 de noviembre de 2017

RELATO: REMINISCENCIAS






Mi vida dio un giro radical cuando empecé a hablar con los muertos. Fue un día gris y lluvioso en el que no tenía grandes cosas que hacer. Recuerdo que estaba sentado en el sofá sin ningún plan preestablecido, ni pendiente de llamadas inesperadas, ni mucho menos visitas por sorpresa. El primero que se me apareció fue un animal, en concreto mi perro Sócrates. No Pluto, ni Roy, ni Aníbal. No entiendo por qué, tampoco había sido el último en morir, ni había sido un perro especial en nada. Pero fue él el que entró por la puerta de la sala con su andar cansino de bulldog inglés, para sentarse después y posar su mirada de párpados caídos en mi careto. Como conclusión pensé que la aparición de muertos es más bien aleatoria o sujeta al azar. Sus primeras palabras no fueron nada consoladoras:

—No esperes nada en el otro lado, todo acaba aquí.

 Yo le pregunté sorprendido:

—Y entonces, ¿por qué has venido? ¿Por qué te has hecho visible si ya no eres nada?

—Yo no he venido, tú eres el que me ves, no te confundas.

El perro se fue por el sitio por donde había venido, no sin antes darse la vuelta y añadir con pesimismo:

—Solo sé que no sé nada.

Aquello me dejó de piedra. ¿Se me habría ido la pinza?

Afortunadamente aquella deducción que saqué inicialmente era errónea. Las manifestaciones de los difuntos comenzaron a ser más gratas y agradecidas. Con lo cual rechacé la teoría del azar para inclinarme por algo más bien preestablecido por las fuerzas que se sitúan en el más allá. Un día estaba llorando en la cocina y mi abuela se sentó junto a mí:

—¿Por qué lloras hijo?

—Tengo miedo abuela, ¿la muerte duele?

—Qué va hijo. Simplemente dejas de sentir, y pasas a ser lo mismo que eras cuando no habías nacido: algo así como una estrella en el cielo.

—¿Y eso del túnel con la luz al final?

—Tonterías. Inventos de algún vivo sin imaginación.

Puse mi cabeza sobre su pecho y me dejé acunar, al igual que cuando era un niño e iba a comer a su casa cuando mi madre tenía que trabajar. Siempre he sido muy familiar. Mi abuela tarareó una canción horas y horas…

Mi padre tenía un carácter muy reservado, grave, de esas personas que te miran de refilón al pasar porque intuyen que has hecho algo malo. Cuando le intuía cerca siempre pensaba que me iba a llevar alguna colleja o algo, pero incomprensiblemente, a pesar de su dureza y rigidez, nunca me pegó.

A él me lo encontré sentado en el sofá mirando la televisión apagada. La muerte no parecía haberle cambiado su expresión, que seguía siendo ruda y taciturna:

—Papá me alegro de verte; nunca tuvimos una conversación de más de cuatro palabras.

—Bueno, tampoco es que yo haya cambiado mucho.

—Ya veo.

—¿Qué tal tu madre?

—Igual. Igual de mal ¿no la ves?

—No, solo te veo a ti. Mejor dicho: tú me ves a mí. —Otra vez las mismas palabras, igual que el perro.

Pasó un tiempo; pudieron ser minutos u horas. Luego habló de nuevo:

—Algo me dice que esa conversación va a tener que esperar. No me salen las palabras. Quizás en otro momento.

—Solo una cosa papá, ¿se sufre ahí… dónde estás?

Y entonces me miró con un especial cariño por primera vez en su vida, quiero decir… en su muerte.

—El sufrimiento es solo una percepción de nuestra mente, hijo, de nuestra consciencia. La muerte es la última etapa de la vida, cuando todo deja de ocurrir…

Lo cierto es que nunca me había encontrado mejor en toda mi larga existencia. Yo, que soy un ser solitario, me sentía muy acompañado con estas conversaciones que nunca acababan en un punto y final. Mi madre estaba muriéndose por aquel entonces y con su partida no me quedaba nadie cercano. No me había casado, ni había tenido hijos. Mi mejor amigo, Manuel, había  muerto también de forma prematura en un accidente de tráfico. La muerte, que me había acompañado a lo largo de mi vida en su versión más cruel, ahora parecía resarcirme de todo el dolor sufrido.

Fue toda una alegría cuando encontré a Manuel jugando solo al fútbol en un terreno abandonado del pueblo.

—¡Manuel! Qué gusto me da verte…—Intenté abrazarle, pero algo me lo impidió.

—¡Eusebio! Quién me lo iba a decir.

Estuvimos jugando toda la tarde, fue uno de los días más felices de mi vida. Al anochecer, cuando Manuel se despidió, me di la vuelta casi sin resuello por el ejercicio. Estaba tan excitado que no me percaté de la escena hasta que levanté la cabeza y vi a un grupito de gente compuesto por niños y adultos que me miraban estupefactos.

—¿Estás bien, Eusebio? Los niños nos han avisado de que andabas gritando solo con un balón…

—Oh, no os preocupéis, estaba haciendo un poco de deporte.

Aquel revuelo que se montó por mi causa me molestó, más que preocuparme. Nunca se habían interesado en mi vida y cuando parecía que me había trastornado venían los muy morbosos… A partir de aquel día tuve más cuidado con los vivos a la hora de hablar con mis muertos. Tendría que encontrar el espacio y el momento adecuados. 

Cuando murió mi madre, casi fue un consuelo. Llevaba en coma mucho tiempo, y tenía ganas de verla otra vez en su plenitud. Al principio tuve miedo, ¿y si no se me aparecía? En el cementerio me quedé solo observando su nicho, mientras dos ancianas chismorreaban detrás de mí. A esas alturas ya se había corrido el rumor de que estaba zumbado. Cuando vieron que todo permanecía inalterable, se fueron cogidas del brazo.

Me marché a la playa, el zumbido del viento golpeaba mis oídos, las olas se acercaban y removían la arena, yo también lo hacía con mi zapato intentado destapar algún recuerdo: quizás el de una mujer que se acerca a la orilla con un vestido corto de verano; lleva un niño de la mano. Juegan a querer y no querer tocar el agua…, está muy fría. Sonríen nerviosos. Corren, tropiezan y caen en la arena rotos de la risa…

Una figura femenina se acercó a mí. Era inconfundible: el pelo rubio suelto, andar desgarbado, arrugas incipientes, sonrisa confortante. Por fin, un suspiro infinito.

Volví a llorar de nuevo, pero esta vez era de emoción, de gratitud.


sábado, 11 de noviembre de 2017

CINE: LA NOCHE DEL CAZADOR.


LA NOCHE DEL CAZADOR (1955)

Charles Laughton (Reino Unido, 1899- Estados Unidos,1962)



Basada en una novela breve de Davis Grubb, esta película supuso la única como director de Charles Laughton, actor inolvidable  de películas como Esmeralda la zíngara o Espartaco, y complicado de dirigir según Hichcock: “A lo máximo que se puede aspirar con él es a ser árbitro”.

Con esta cinta nada fácil de clasificar (thriller gótico, cuento de hadas con pesadilla, fábula inquietante…) Laughton demostró que tenía madera para dirigir, pero la crítica no le acompañó en su momento y no volvió a ponerse detrás de las cámaras.



La historia está ambientada en la época de la depresión norteamericana. Un ladrón y asesino confía un dinero a sus hijos para que lo escondan momentos antes de ser detenido por la policía. Es condenado a la pena de muerte pero antes, en la cárcel, conocerá al “predicador” Harry Powell (Robert Mitchum) y le contará su historia. Una vez cumplida su condena, Powell sale de prisión ataviado con sus atuendos y su característico sombrero. Se acercará a la aldea donde vive esta familia, engañará a la mujer del difunto, Willa (Selley Winter), para casarse con ella y comenzará la pesadilla para sus hijos John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce), ya que su único objetivo es encontrar el dinero escondido por ellos. En este sentido es de alabar sobre todo la interpretación del niño Billy Chapin, aunque por alguna curiosa razón a Laughton los niños actores no le gustaban y tuvieron que ser dirigidos casi siempre por Robert Mitchum; un dato curioso teniendo en cuenta el rol que representaban cada uno en la película.



Acostumbrados a ver a Mitchum en otro tipo de papeles, aquí encarna a la perfección a este peculiar y memorable malo que lo mismo nos produce terror que desconcierto. Con las palabras Hate (odio) y Love (amor) tatuadas en sus nudillos, sermonea y engatusa a sus víctimas con una charla alegórica sobre el amor que acaba venciendo al odio. Es muy representativa la escena en que el niño observa aterrado desde un granero, la figura cantarina de este personaje en una colina y la expresión confundida: “¿Es que nunca duerme?” del pobre chaval.



Y es que la película, en su mayor parte, es la persecución del hombre a los dos niños. A pesar de que está salpicada con “extraños” momentos de humor, la historia es muy humana y sobrecogedora. La desolación y desamparo de John y Pear es absoluta cuando se percatan de que ningún adulto les va a ayudar y  que tienen que emprender la huída en una barca río abajo: esta parte es especialmente fantástica y maravillosa.



Si Robert Mitchum representa el mal y todo lo que es capaz de hacer, el personaje de la gran Lillian Gish, Rachel, personifica la bondad que todavía habita en el ser humano. Como protectora de los niños se enfrentará a Harry Powell; en este sentido es de destacar la escena en la que la sombra de su figura empuñando un rifle se plasma en la pared dentro de la casa. Mientras, afuera, el predicador entona un himno religioso al que se le une Rachel añadiendo su voz, y así exorcizando todos los males representados por Powel.



Es una cinta inquietante y hermosa, perturbadora y emotiva. Son adjetivos que a priori pueden casar mal pero que se observan con detalle en esta joya del cine. Es una película que descoloca bastante en una primera visión. El Mal en su máxima expresión, puede ser el protagonista de la historia, pero también lo son el fervor religioso que nos puede llevar por sombríos caminos, la perversidad infantil y la oscuridad.

Todo ello visto desde la óptica del mundo de los niños donde todo es posible: el miedo, los ogros, las pesadillas…, pero también la esperanza y el amor.



TRAILER de la película:


domingo, 5 de noviembre de 2017

RELATO: ¿DESENCANTO?








—Es de madera de cedro del Líbano, huélelo. —Dani alude a un joyero antiquísimo de su abuela que me ha regalado. Vamos paseando por el barrio de los pescadores y tengo que volver a sacarlo de la bolsa. "A mí me huele a ceniza vieja" he pensado. Pero no se lo he dicho, por supuesto. Ya me ha mirado como a una alienígena cuando se ha enterado de que no me pongo joyas. ¿Por qué la gente se tiene que deshacer de cosas supuestamente sentimentales obsequiándoselos a personajes desaprensivos como yo que acaban de conocer? ¿Realmente cree que estamos viviendo un idilio de enamoramiento perpetuo desde que nos conocimos borrachos en aquella verbena hace dos semanas?

—Le daré otros usos. —He tenido que tranquilizarle. "Para recoger los excrementos del perro cuando le saco a pasear, por ejemplo" he pensado. Tampoco esto se lo he dicho. A veces creo que no tengo sentimientos, que me gusta recrearme en situaciones que seguramente no van a darse y que me provocan un morbo indescriptible. Acabo de imaginarme a Dani sorprendiéndome con la mierda del perro dentro de la cajita de madera de cedro de su abuela. No sé a qué juego.

Seguimos andando muy despacio, muy muy despacio, Dani parece querer darle un aire nostálgico y romántico a nuestro paseo y eso me repele, no me gusta. Empiezo a sentir angustia con tanta parsimonia y acelero el paso. Él me sigue sin rechistar, lo cual no hace más que molestarme más, ¿no le afectan esos cambios bruscos en mi ánimo, en mi actitud? ¿Qué es lo que busca en mí?

Llegamos a los acantilados. Miro al cielo: nubes arremolinadas, negras, condensadas que dejan entrever una esfera amarillenta… Una espesa niebla a nuestros pies.

—¿No te recuerda a Turner? —le comento.

—¿Cómo?

—¿Sabes quién es?

—Me suena algo, de estudiarlo en el insti…

Mentiroso…  Eso no se estudia en el insti. Si hay algo que odio es que alguien vaya de lo que no es. ¡Cojones!, si no sabes de qué te hablo, dímelo abiertamente farsante.

—¿Vas al gimnasio? —me pregunta.

“¿A qué viene esto?”

—Iba, lo dejé porque no soportaba a tanta gente sudando a mi alrededor. Prefiero dar un paseo en bici.

—En la verbena no parecías muy a disgusto con toda esa gente alrededor sudando.

“Touché”

—Sí, había bebido mucho.

Lo cual quiere decir que no era muy consciente de lo que sucedía, ni de él tampoco. Por eso estamos aquí ahora intentando salir de este entuerto en el que nos hemos metido. Una sinrazón que dura ya quince días, ni más ni menos. Puede resultar incluso gracioso, da la sensación que nos queremos dejar en vergüenza mutuamente (¿delante de quién?) Y sin embargo cada tarde de cada día, desde que nos conocemos, damos el mismo paseo hasta la playa.

Dani me ha adelantado y ahora está mirando a la nada, dándose aires. De pronto comienza a hablar de su familia, de que si su padre es carnicero o algo así (¡por Dios!), no me entero muy bien, ya que me está dando la espalda y el pobre no se da cuenta de que su voz se proyecta hacia delante, y solo puedo escuchar un eco como de ultratumba de lo que dice. Su madre se fue cuando era muy pequeño y se las han tenido que arreglar solos con su abuela que ahora está muy enferma (la del joyero de madera de cedro). No es que sea una insensible, pero supuestamente estamos tratando de iniciar una relación, si está intentado dar pena… no creo que sea la manera. No hace nada para seducirme, para parecer atractivo. Y mi cabeza imagina algo raro: ¿y si me acercara a él, que está a escasos centímetros de la cornisa, y le empujara levemente con una mano?, ¿qué pensaría mientras está cayendo a la nada? ¿Se giraría un momento para mirarme con ojos incrédulos y aterrorizados, o caería sin más, agitando brazos y piernas como un poseso?

¡Dios!, estoy delirando, esto se ha convertido en algo inaguant…

Dani se ha dado la vuelta. Tiene los ojos vidriosos, parece que ha querido llorar y no ha podido. Pero su cara está realmente desencajada.

—Lo siento, no quería…

—No te preocupes. —Incluso parezco sincera.

A esto le sigue un tenso silencio. Dani hace una mueca extraña como queriendo recapacitar, rastrea al suelo y acto seguido me lanza una mirada aturdidora. Algo ha cambiado en su cara, no sabría decir qué… Da tres pasos lentos sin dejar de mirarme y se sitúa junto a mí, me está rozando. Y yo siento una extraña electricidad. He comenzado a sonrojarme, ¿qué está pasando? Su dedo acaricia me dedo meñique ligeramente. Suspira, coge aire, vuelve a suspirar. Su cabeza se acerca a mi oído.

—Me encantaría verte desnuda —susurra.

Mmmmm, eso sí que no me lo esperaba.